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Se hace camino al leer

miércoles 26 de mayo de 2021
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Se hace camino al leer, por Alberto Hernández
Somos la lectura de un libro sin fin. Mientras don Quijote quejoso y Dulcineo cruza la pesadilla de Franz Kafka, Pedro Páramo preña las piedras de Comala. Ilustración: Gustave Doré (1906)

El arte de la lectura, antología digital por los 25 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2021 en su 25º aniversario

He leído tantos árboles, tantas nervaduras, tantas hojas.
He sufragado el viento mientras la tierra rotaba con sus lastres.
He leído en el barro la agonía, los pasos borrados por el agua,
La muerte atornillada en una orilla.

Y después en el lomo de un roble
La mirada de Rulfo y su Comala
La de Cubagua y Núñez arrastrado por Tiberio
La de Gallegos y la mujer perdidos en el Arauca río
La de tantos y muchos reunidos alrededor del fogón
De las letras
Como vértebras de cielo quejumbroso,
Y fue entonces cuando bajo el sol
Se amontonaron las palabras y el silencio.
También pude mirarme en el sendero muerto de un camino
Donde una mujer tomó la ruta de su eterno extravío
Mientras un hombre a caballo la miraba subir a las estrellas.

He leído tanto barro en la sombra ciega de la sombra
Como el terrestre malestar de las piedras
Y el relámpago aislado en una hoja.

Me han leído los árboles. Me han leído los pájaros.
Y mientras el río de Heráclito crece en sus uñas muertas
Me lee la profundidad de todos los fantasmas
Que del Llano se trajo mi angustiado padre.

Me traza la lectura de una bestia.
La ballena asesina, cabrona de los mares,
Muerde el sueño indeseado del temblor
Que se arranca indolente del magma de las sombras.

Alguien detrás de mí me dicta la lectura,
La bella traslación de unos planetas
Donde habitan palabras y el fuego más intenso.

 

***

 

Ahora, en este momento, se me acerca Franz Kafka, orejón como un murciélago. Se me aproxima en punta de pies descalzos y me brinda un regalo, la bella sensación de ser leído, de ser amaestrado por la burla de su lengua, por la inmanencia de su sombra, fantasma de nosotros los de hoy, asumidos por la peste que Camus o la Biblia de Moisés nos han traído en la estética de la muerte o en la semblanza alegre de la esperanza. Y entonces Franz —sin la capa de gorgojo, siempre serio— se me arrima a la silla y me dicta este relato que embarga mi lejana tristeza, la de no saberme el quijote que una vez fui. Y así me dijo Kafka, sin zapatos:

—Mira, te relato un relato que una vez relatado se te quedará para siempre en la memoria. Se trata de un desconocido texto que anda de salto en salto, como la cucaracha que una vez fui. Y aquí te lo dejo:

Sancho Panza, cosa de la que por cierto nunca se jactó, consiguió con el paso de los años, mediante el empleo, por la tarde y por la noche, de un buen número de novelas de caballería y ladrones, apartar de tal manera de sí el demonio, al que más tarde daría el nombre de don Quijote, que éste representó, sin el menor recato, las acciones más alocadas, pero que en ausencia de un predeterminado elemento, que debía haber sido Sancho Panza, no dañaron a nadie. Sancho Panza, un hombre libre, siguió serenamente, tal vez a causa de un cierto sentimiento de responsabilidad, a don Quijote en sus correrías, de lo que obtuvo un gran y provechoso entretenimiento hasta su final.

Y, en efecto, entretenimiento, porque se gozó los inventos del enjuto caballero que veía en molinos gigantes y en mujer fea, belleza. Y en ese apego, la lectura eficaz de aquellos tiempos: a los héroes de las páginas imaginadas por tanto loco de espada y enamoramiento, como de damas vestidas con ahogo por corsés, pantaletas y corpiños que hacían de ellas damas o doncellas capaces de eclipsar el sol de quienes las miraban.

Véase entonces en este relato de Franz que la belleza anda en burro y la fealdad en mujer de callos en los ojos, como en los ojos cargaba don Quijote.

 

***

 

Ahora me lee un árbol. Sus hojas inversas,
Sus nervaduras colmadas de gotas, de difusas letras:
Lanceoladas, acorazonadas, estrelladas,
Hojas de papiro verde, hojas para la lectura y el disfraz.

Un viejo roble, de calmada estirpe.
De acuosa sombra.
Al límite del sueño, la pesadilla,
El carromato de los muertos
O la savia perdida de los araguatos:
Un chillido frío se convirtió en palabras.
De las hojas el lamento del árbol,
Las cagarrutas de los monos
Y las palabras que nunca había escuchado.
Los planetas colmaron su silencio mientras el cielo
Derramada voces cargadas de oraciones:
Me estaban leyendo en otro idioma
Y mis ojos se hicieron los más hermosos destellos
Del río donde aún Heráclito se lavaba los pies.

 

***

 

He sido leído. Somos la lectura de un libro sin fin. Mientras don Quijote quejoso y Dulcineo cruza la pesadilla de Franz Kafka, Pedro Páramo preña las piedras de Comala. Juan Rulfo es también una lectura, una fotografía de la tierra yerma.

La belleza de los sonidos venidos del otro mundo revienta en las llamas de aquel llano, el mismo del que vengo en busca de los huesos de mi padre, perdido en un viejo cementerio.

Leo para ser hermoso, para que el alma no quebrante el cuerpo que me queda.

 

***

 

Leer es un arte. Y es artista el lector que lo sabe. Todas las teorías han sido superadas: la lectura es un acto amoroso donde no cabe otro sentimiento, aunque los muchos más que emergen del alma también se hacen poesía o relato extenso, breve y consagrados. La lectura como arte disipa el tiempo, lo aleja para que la eternidad se vea en los hojas, cómplices, anónimas o conocidas, apócrifas o secretas, públicas o privadas. Leer es el arte de ser.

Vale decir desde el arte que es la lectura, que no hay gramo de ineficacia en su tratar. Leer consagra, alienta, delata, condena, perfila la vida, la recoge, la somete al ritmo de su canto. La tesitura del texto alienta y colma, calma y descalma. Revela, revela, devela, desvela. Y hace de quien lee una ola indetenible.

A diario alguien lee un libro. Y si es así, alguien lee el universo, por muy pequeño que sea, por muy átomo que se ande por caminos perdidos, alguien lee el universo, el mundo en un microbio, en la bacteria humana, la desasosegada pulcritud de las conjugaciones. En un cuerpo muerto que aspira a la eternidad. Y de allí, la belleza, la estética de la lectura.

 

***

 

Finalmente, aunque nada termina, un viejo árbol lee nuestras sombras. Las hojas que nos quedan, los nuevos retoños y la materia inerte de su tronco, siguen en el bosque donde cantan las voces atrevidas.

Leer es un encanto, también una osadía. Por eso el arte de leer es tan peligroso como dejar escrita la miseria, como desdecir del poder y sus amarres.

Un árbol en medio de un desierto dice mucho.

Alberto Hernández
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