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No leas, te acostumbrarás

lunes 24 de mayo de 2021
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No leas, te acostumbrarás, por Rolando Gabrielli
De alguna manera fuimos palabras, lecturas de todo lo vivido, con las interrupciones propias de dar vuelta la página para seguir soñando.

El arte de la lectura, antología digital por los 25 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2021 en su 25º aniversario

La palabra me lee,
deletrea
relee,
y advierte:
no me escribas,
si no tienes nada
que decir,
es mejor el silencio
y seguir leyendo.

(Rolando Gabrielli)

La vida es un libro abierto. Esta frase, amigo lector, tienes que haberla escuchado en más de una ocasión y seguramente la habrás repetido en otras tantas oportunidades. El libro fue escrito, impreso finalmente, para ser leído. Algo de Perogrullo, pero no todos tienen un mismo destino: desde su prohibición, quema, a la fama de convertirse en un clásico o un best-seller banal y también llegar a ser parte del olvido. Digo, antes de comenzar con una experiencia personal, los libros son una aventura, nos hacen vivir vidas, disfrutar, conocer experiencias, situaciones, realidades, ficciones, que jamás viviríamos y tampoco siquiera llegaríamos a soñar.

¿Los libros sueñan por nosotros, nos ayudan a pensar, brindan conocimiento, estimulan nuestra imaginación, acompañan, crean conciencia, enseñan cosas prácticas, conforman nuestra memoria, tocan todos nuestros sentidos y se transforman en compañeros inseparables, fieles, a lo largo de la vida? El ABC de la lectura, del poeta norteamericano Ezra Pound, confieso que me hizo ver la importancia de ser lector y cómo uno también puede transformarse en poeta cuando lee un gran poema. Una de las frases que más me impactarían fue la respuesta que me dio Lihn en 1973, cuando le pregunté a qué se debía el fenómeno Neruda, conociendo que él recitaba de memoria al poeta en su juventud y que en su madurez se había distanciado profundamente del vate de Isla Negra. Leyó bien lo que leyó y lo hizo oportunamente. La lectura está asociada a la formación de grandes escritores, sin duda, y también el momento histórico en que viven, remató el autor de La pieza oscura.

 

Los niños crecen, los sueños permanecerán en el tiempo e impulsarán nuevas aventuras, porque las lecturas nos llevarán a islas llenas de tesoros.

Los cuentos clásicos viajan aún en el invierno sur

Mis primeras lecturas fueron los cuentos clásicos, primero orales, en las noches, después las narraciones ilustradas, Caperucita roja, Pinocho, La bella durmiente, Blancanieves y los siete enanitos, Los tres cerditos, Hansel y Gretel —me impactó hondamente—, El gato con botas, El patito feo, El lobo y los siete cabritos. Perrault y sus maravillosas ilustraciones tuvieron mucho que ver con el placer de la lectura: La Cenicienta, por ejemplo, una historia conmovedora. El inolvidable Pulgarcito y, sin duda, los cuentos de hadas. La historia, la fantasía, la leyenda, los grandes sueños escritos en estos cuentos emblemáticos viajan aún en las noches del invierno sur.

Los niños crecen, los sueños permanecerán en el tiempo e impulsarán nuevas aventuras, porque las lecturas nos llevarán a islas llenas de tesoros, mares con piratas, historias inolvidables, palabras tan reales como nuestras emociones.

Las enfermedades clásicas de los niños del sur, la peste cristal (varicela), la escarlatina, las gripes de invierno, me estimularon a las lecturas y en esa época me llamaban mucho la atención algunos héroes nacionales, como Arturo Prat, ya que me habían ofrecido regalarme un traje del insigne marino si no me rascaba la piel por una picazón infernal debido al sarpullido escarlata. Estas pestes infantiles duraban interminables días de aburrimiento, malestar, un tiempo de prisión para cualquier niño inquieto. Me sumergía en la historia de Chile, el cacique Lautaro con un mazo frente al conquistador Pedro de Valdivia, a quien ajustició, en una ilustración que acompañaba al texto histórico.

Me parece estar viéndome en el modesto sillón de la sala de estar de mi casa, leer Ivanhoe en los bosques de Sherwood, viviendo esa extraordinaria aventura en una etapa difícil de mi vida adolescente, enfrentado a un padre arbitrario y tiránico. Yo era tal vez uno de los personajes de Walter Scott, aunque Robin Hood ocupaba el centro de esa gran y maravillosa historia, junto a todo un registro social de la Edad Media, una época fascinante. Tiempos de Juan sin Tierra, el hermano usurpador del trono de Inglaterra y todo ese mundo de conspiraciones, traiciones, asesinatos, tan propios del ser humano.

Acompañaba estas jornadas con libritos menores de historias del Oeste norteamericano, aventuras también, después de todo, algunas novelas policiales, el suspenso. El tiempo pasa, sucede, todo va cambiando, el colegio, las clases de castellano, la poesía española, latinoamericana y chilena, otros horizontes. Lecturas, todas, motivadas por la pasión de vivir aventuras, sin duda. Y cuando se daba la ocasión las famosas tiras cómicas de la época, historietas, los héroes y superhéroes, Tarzán, El Llanero Solitario, Condorito, El Peneca, Barrabases, Para Ti y Ecran, que contenía lo último del cine de la época. Todo lo que caía en nuestras manos con dibujos e historias. Lecturas de corazón y pasatiempo.

 

La libertad es un camino y está escrito

Cuando cursé el último año de secundaria entré a un colegio experimental, un sexto de letras, con compañeros lectores, inteligentes, con objetivos claros, muy formados, y profesores que inclusive daban clases en la universidad, muy creativos, motivadores, que además de dar sus materias nos preparaban para la vida con entusiasmo, conocimiento y, diría, cariño por la enseñanza. Un compañero del curso, Luis Gutiérrez Zeller, ya había leído en esos años Ulises, de James Joyce. Personalmente, buceaba en Sartre, en poetas como García Lorca, Neruda, Guillén, la Mistral. Posiblemente me consideraba existencialista, amaba Los caminos de la libertad y apostaba a la filosofía, como al arte, para entender, interpretar y sentirme parte del mundo. Fue un año clave en lo personal, escuchaba a Neruda con unas amigas en un long play y toda esa resonancia, la voz monótona del vate, no la olvidaría más y me llevaría a su obra. A Neruda preferí leerlo y no conocerlo.

Nos maravillábamos con la inventiva del Gabo cuando relataba que los gitanos habían llevado el hielo a Macondo.

Entrar a la universidad fue otro salto y experiencia en cuanto a lecturas, personales y obligadas. Al tiempo que me encontré, en vivo y en directo, con los protagonistas de la poesía y alguna prosa del momento, de una historia rica, emocionante, privilegiada. Como futuro periodista, tenía que leer los diarios, entintarme las manos y estudiar cada día las noticias, nuestra materia prima. Leer, informarnos para poder informar con propiedad, objetividad, veracidad, creatividad. Al menos eso se decía en la Escuela de Periodismo en mi época. Ingresé a una facultad humanista, formadora de profesores, profesionales con conciencia social, compromiso, cuyos catedráticos habían estudiado filosofía en Europa, otros serían algunos de los futuros escritores y críticos reconocidos de Chile, Skármeta, Dorfman, Carlos Cerda, Juan Rivano, José Cuevas, Hernán Miranda y el mismo Nicanor Parra, quien daba clases de física y se paseaba como Sócrates por los jardines universitarios. Gonzalo Millán y Oliver Welden, dos poetas importantes, estudiaban también allí. Poli Délano, narrador, daba clases de inglés y el novelista Juan Guzmán, de español. El poeta, filósofo y futuro crítico literario Nain Nómez era un estudiante del Pedagógico. Federico Schopf, poeta y lúcido ensayista, daba clases de Estética. Jorge Teillier solía visitar la universidad porque vivía en sus proximidades. El propio decano de la facultad era un historiador prominente y autor de texto, Hernán Ramírez Necochea. Un ambiente de lectura, diálogo, ideas, conversaciones literarias en los prados, en los restaurantes de la facultad o en los bares de sus alrededores. Un día apareció Cortázar, Rayuela estaba en boga, leíamos a García Márquez, también a Rulfo. Recuerdo que un compañero de curso, el colombiano Eduardo Marín, solía repetir la primera línea de Pedro Páramo, la novela mágica del mexicano Rulfo, como una introducción a este mundo literario espontáneo universitario: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”. Comentaba Cien años de soledad, salida del horno de Macondo el 67, y El coronel no tiene quien le escriba. Nos maravillábamos con la inventiva del Gabo cuando relataba que los gitanos habían llevado el hielo a Macondo. Mientras el coronel esperaba hacía quince años una pensión producto de su participación de la guerra civil de los mil días. A los estudiantes del cono sur nos parecían historias extraordinarias, una realidad mágica, tan distinta al mundo andino, aunque las pensiones hoy son tan malas como en tiempos del coronel. Es una gran novela, donde el coronel se las arregla para conservar un gallo de pelea, su único patrimonio que le permitiría la futura supervivencia en medio del hambre que golpeaba a su familia.

 

El principito, una puerta abierta a la imaginación

Todo estaba en tiempo presente, con los autores vivos. Nos comentábamos pasajes de las obras, opiniones de los autores, debates, leíamos como esponjas y yo asistía a un curso de literatura general donde estudiábamos a Camus, Dürrenmatt, Brecht, Ionesco, O’Neill. Estos autores traían otros libros, recomendaciones, citas, comparaciones, todo lo que hace un joven futuro escritor inmerso en la lectura y escritura, descubrir, imitar, transcribir, curiosear, soñar, tomar notas, repasar unos versos o una prosa que te impacta, ir creando tu propio mundo, al menos intentarlo. Pero fue una joven estudiante de francés, mi novia universitaria, Isabel, quien un día me abrió las páginas de El principito y me mostró sonriente el dibujo del supuesto sombrero con que el autor quería asustar a los mayores, y se trataba de una serpiente boa que se tragaba un elefante. Fue una mañana inolvidable, como un libro, un dibujo inocente, imaginativo, una historia encantadora, creaba un puente a dos enamorados. Hoy releo El principito con cierta nostalgia, supe hace unos meses que ella falleció. He regalado varios principitos, es como volver a contar mi propia historia, nuestra historia. Recuerdo, por ejemplo, cuando en un verano, hace un tiempo, miraba el cielo lleno de estrellas y me producía una sensación de intensa felicidad. Cuando abras la ventana, le dice el principito al autor: “Por la noche mirarás las estrellas. No te puedo decir dónde se encuentra la mía, porque mi casa es muy pequeña. Mi estrella será para ti una de las estrellas. Entonces te agradará mirar todas las estrellas. Todas serán tus amigas. Cuando mires el cielo, por la noche, como yo habitaré una de ellas, como yo reiré en una de ellas, será para ti como si rieran todas las estrellas…”. Se estaba despidiendo El principito y su autor, Saint-Exupéry, temía no escuchar más su risa, era para él como una fuente en el desierto, pero el principito lo consolaba (siempre se encuentra consuelo), estarás contento de haberme conocido. Nada sigue siendo igual en el universo; si alguien parte, es la conclusión.

 

Una fábrica de conciencia crítica

En esos días universitarios, leíamos con Anselmo Silva y un par de lectores más, Bernardo Araya, a Ernesto Cardenal, un poeta emblemático para nosotros, a quien entrevistaría el 75 0 76 en Panamá. Recitábamos sus famosos Epigramas. Las lecturas van conformando al futuro escritor. La Universidad de Chile estaba en su esplendor, una suerte de Berkeley, visitada y escogida por intelectuales, estudiantes de América Latina, Europa, Estados Unidos, lo que creaba una atmósfera de cierto prestigio. Recuerdo una pareja de peruanos en los predios universitarios leyendo a César Vallejo, hablándonos con pasión de este poeta icónico de las letras castellanas. Veo a un alemán caminando con Nicanor Parra, dialogando sobre su doctorado en la antipoesía, a mediados de los sesenta. Alumnos leyendo, discutiendo de política, jóvenes vitales, inquietos, animados por la realidad nacional, un espíritu crítico, atento a los acontecimientos, a las nuevas ediciones, marcha del país, del mundo, y muchas cosas que pasaban por la lectura y el conocimiento. Una fábrica de conciencia crítica, eso era la universidad que arrasó la dictadura de Pinochet.

Del colegio están todas esas lecturas que aún son resonancia, el arcipreste de Hita, La celestina, Lazarillo de Tormes.

Desde niño, los chilenos de mi época nos aproximamos a Gabriela Mistral, sus rondas infantiles en la escuela, versos clásicos de la maestra rural, una leyenda que iba creciendo. Y en la secundaria volvimos a su obra mayor, Tala, y recuerdo a la profesora de castellano y poeta Alicia Galaz, futura esposa de Oliver Welden, repitiendo, como si fuera hoy, la palabra “Mazzepa”, del poema “Cordillera”, de la Mistral, y desgranando el texto con verdadera pasión. Ahí aprendí a ver la grandeza e importancia, para Chile y los países del sur, de nuestra imponente y majestuosa Cordillera de los Andes. La Mistral, su poesía, vida, leyenda, fue quedando en mi subconsciente desde niño y cuando aún lo era fui con mi madre a la Universidad de Chile a despedirla, sin conocerla físicamente, por última vez. Recuerdo su rostro y cuerpo embalsamado en una urna de cristal, y fue una lectura inolvidable para mí ese paso frente a sus restos. Leí la grandeza de esa mujer tan ninguneada por un sector influyente de chilenos, desconocida para nosotros además la trascendencia de su obra que aún se está descubriendo a 64 años de su fallecimiento.

Del colegio están todas esas lecturas que aún son resonancia, el arcipreste de Hita, La celestina, Lazarillo de Tormes, Quevedo, Garcilaso de la Vega, Góngora, Tirso de Molina, Calderón de la Barca, el Marqués de Santillana, Bécquer, Unamuno, García Lorca, y otros escondidos en la memoria.

 

La lectura es un gran personaje en el Quijote

Curiosamente, cuando falleció Pablo de Rokha, a quien no conocí, fui también a despedirlo en la Casa Central de la Universidad de Chile. Un poeta torrencial, polémico, arbitrario, bíblico como la Mistral y muy chileno como Neruda. Se había suicidado y yo fui a leer en su rostro la tragedia del Macho Anciano y toda la poesía dionisíaca que nos dejaba por descubrir, una visión pantagruélica del mundo. Ya en ese entonces profético iba “mordiendo el siniestro funeral del mundo”. A la mayoría de los otros poetas los conocí personalmente y leí en vida, textos recién escritos, tipografía viva, la tinta ardiente en las planchas metálicas, palabras acuñadas previamente en libretas, cuadernos, hojas, que leeríamos con verdadera devoción. A todos les debo algo, alguna palabra, algo de silencio. Siempre un libro será ese objeto tan personal, íntimo, para ir descubriendo con el tiempo. La lectura no cesa y estoy seguro de que uno de los más grandes lectores que hemos conocido, Jorge Luis Borges, un deudor notable no sólo a su imaginación, sino a sus lecturas, siguió leyendo después de quedar ciego. Leía con Virgilio, tal vez, la Divina Comedia. Cervantes de la mano de su Quijote convierte a su personaje en el lector de su propia obra. Lectura sobre la lectura, se leen y releen sus aventuras. “Se daba a leer los libros de caballería”. ¿La lectura es un gran personaje en el Quijote?

No olvidemos que sus lecturas de libros de caballería le llevaron a ser y vivir la experiencia de caballero andante.

Afortunado Cervantes, aunque no se enteró, contó con grandes lectores: Borges, Kafka, Dickens, Mann, Flaubert, Dostoyevski, aunque muchos otros más y los que vienen surgiendo con el correr del siglo. Madame Bovary, Emma, divina mujer, cuyas lecturas apasionadas y románticas la llevaron inexorablemente a dar un vuelco de 180 grados en su vida, terminó por abandonar la mediocre vida junto a su marido.

Hay quienes aún dicen que las lecturas no tienen efecto alguno y menos consecuencias. Hay libros, no los voy a nombrar, que han revolucionado, estremecido, puesto a pensar, transformado a la humanidad, verdaderas catedrales del Medioevo dictando cátedra en medio del transcurso de la historia, agitando, despertando las conciencias. Freud y Marx estudiaron el castellano para leer el Quijote. Cosas veredes. Además escribieron lo suyo e influyeron la historia.

 

Leer es un vicio, el insomnio lo sabe

La lectura, a veces, es un vicio, el insomnio consume grandes novelas, historias, devora páginas, palabras que la noche consume, intrigas, historias de amor, relatos fantásticos, verdaderas autobiografías apasionantes, cuidadosos, novedosos ensayos, el alma de personajes en riesgo, las movedizas arenas del suspenso, dramas casi personales, toda la memoria de la infancia, la difícil juventud, vivencias, verdaderos folletines pasionales, ciudades, paisajes desconocidos, visiones del futuro, todo lo que imaginamos que puede imaginar la imaginación y algo más.

En aquellos inolvidables días, ya éramos medio poetas malditos, lectores de Rimbaud, Baudelaire, Lautréamont, y la atmósfera iba creciendo con los contactos directos con poetas ya reconocidos, otros emergentes, jóvenes promesas, compañeros de juego, una aventura de la palabra y la lectura intensa, apasionada, iniciática.

En ese tiempo no había tiempo, escribíamos y nos leíamos, éramos un libro abierto.

Un estudiante que deja tempranamente su casa necesita un lugar dónde vivir. Ya había alquilado habitaciones por distintos lugares de la ciudad. Ser inquilino es una gran aventura y puede acarrear múltiples dolores de cabeza. Eso era lo que me estaba ocurriendo, hasta que el poeta Waldo Rojas me ofreció ir a vivir a su casa, que compartía con su esposa. Allí llegué y me encontré con una magnífica biblioteca, yo acarreaba la mía, personal, modesta. Surgió una amistad y en esa biblioteca conocí autores indispensables para mi formación; Waldo podaba mis poemas, como Ezra Pound a Eliot, guardadas las proporciones. Con el tiempo obtuve el primer premio de poesía de la Universidad de Chile, libro inédito hasta hoy, y me integré a una bohemia intensa con Teillier, Barquero, Poli Délano, Rolando Cárdenas, el Chico Molina, el crítico de cine Carlos Ossa, el cineasta Raúl Ruiz y en paralelo Eduardo Marín, Gustavo González, Guillermo Torres, Enrique Canelo (Generación Mario Planet). En ocasiones se sumaban, en casa de Waldo, Omar Lara, desde Valdivia, Manuel Silva, Íñigo Madrigal (perdido en la oscuridad de la luz), Grinor Rojo, todos visitaban Argomedo 285 y allí se hacían algunas fiestas fantásticas con presencia de Marta Traba, en una oportunidad, Jorge Edwards, Germán Marín, Enrique Lihn, Martín Cerda, Enrique Bello y muchos más que formaban parte de la bohemia e intelectualidad santiaguina e internacional. Esta es la fiesta de Waldo Rojas, cantaba un barbudo, improvisando un blues criollo entre copas, humo, claroscuros y mucha alegría, porque en ese tiempo no había tiempo, escribíamos y nos leíamos, éramos un libro abierto.

 

La biblioteca de Waldo Rojas, el taller de Lihn

Allí en esa biblioteca espléndida conocí en el papel a Rilke, Trakl, Dalton, Octavio Paz, Apollinaire, Dylan Thomas, Mallarmé, René Char, Villon, Donne, Blake, Whitman, Carlos Germán Belli, los clásicos chilenos, Hernán Uribe Arce, Gonzalo Rojas, Oscar Hahn, Miguel Arteche, Alberto Rubio, Díaz Casanueva, Rosamel del Valle, Borges, pero fue muy importante tratar personalmente a los poetas chilenos y algunos narradores. Conocer sus experiencias, trucos, lecturas, vivencias, opiniones, su humanidad, que termina siendo lo más importante. Leía, leía y leí libros recién salidos del horno de las imprentas. Fue importante en esa época participar en dos talleres de poesía con Enrique Lihn, escuchar y escuchar, leer los trabajos, pero seguía envuelto en una bohemia interminable que pudo acabar conmigo y la poesía. Allí vi por primera vez a Ernesto Cardenal, Zurita, Cecilia Vicuña, Luis Oyarzún, un intelectual indispensable para la cultura chilena. La lectura fue un salvavidas en esa turbulenta época, una manera de indagar, tratar de explicarse, interpretar, sobrevivir el mundo y la realidad circundante. Siempre he pensado que los libros pueden llevarte a algún puerto. No son una piedra en el camino, son más bien un puente. De mis amigos escritores, poetas, de autores de otros continentes, aprendí la obsesión por la palabra y eso lo dejan las lecturas. El espíritu crítico de Lihn, Waldo Rojas, Teillier, especialmente. De Parra, una curiosidad insaciable, búsqueda infinita, obsesión nerudiana por no reconocer límites y luchar para vivir en la cima. Después de todo, él vivía en la Cordillera de los Andes y Neruda en la Cordillera de la Costa. De Neruda, que el amor es esencial en un poeta.

Un escritor es la suma de sus lecturas, experiencias, viajes, búsqueda, ejercicio sin cesar sobre la página en blanco, la historia, la época en que está viviendo, el uso de ese detector de mierda que recomienda con singular sabiduría Hemingway, vivir con pasión la aventura de la palabra.

 

Un viaje iniciático hacia La Habana

En medio de la vida, de pronto se presentó un viaje a La Habana con una delegación cultural y me embarqué. Recuerdo mi despedida desde la escalinata; Santiago, un viejo pañuelo de nostalgias y vivencias. México fue la primera parada, un tío, primos mexicanos y hacia el Caribe. El trópico, un mundo absolutamente desconocido e inexplicable para un chileno. Mi encuentro informal con Roque Dalton, la entrega de La musiquilla de las pobres esferas, de Lihn, una reunión más calma con Eliseo Diego y la entrega de Crónicas del forastero de Jorge Teillier. Iba tomándole el pulso a la cultura cubana, Cintio Vitier, se habló de Lezama Lima, un mito, no lo conocí, pero después lo leería de manera recurrente como a Eliseo Diego, dos poetas importantes del habla castellana. Fayad Jamís, César López, Padilla, Silvio Rodríguez, Fernández Retamar, Reinaldo Arenas, Nicolás Guillén, quien era muy popular en esa época. Detrás de cada autor están sus libros, que iba guardando en mi maleta, y conversaciones que forman parte de la memoria poética que vamos registrando a lo largo de la vida. En Santiago comenzaría a leer a todos estos autores y a preguntarme cómo en una pequeña isla se habían juntado tan buenos escritores, y no se puede dejar de citar a Alejo Carpentier, una de las voces americanas más profundas, cultas y claves de su siglo. Conocer a estos intelectuales en mi prima juventud me reafirmó el oficio, me hizo crecer, ampliar mi horizonte, y sus libros combustionaron con apasionadas lecturas mis propias poesía y narrativa. Pienso que uno debe dejarse contaminar por todas las buenas lecturas y el tiempo se encargará de una reclasificación beneficiosa para tu propia escritura. La memoria no olvida, selecciona, bucea. Los viajes también son libros abiertos. Pienso en Marco Polo, Battuta, Colón, Darwin, Kapuscinski, Gagarin, Xuanzang, Jeanne Baret y tantos otros.

 

El sur lo leemos en sus autores poetas, narradores, historiadores, geógrafos, aventureros y visitantes.

La palabra es geografía

Cuando leemos a los poetas de Chile, especialmente a los de la tradición del siglo XX, leemos la geografía de Chile, especialmente, que tanto marca al país, su historia, costumbres, cultura popular, y viajamos con la palabra de norte a sur por las entrañas del desierto, el mar, la cordillera, las ciudades, hasta los ventisqueros más olvidados, fiordos, ríos majestuosos y solitarios, ahí donde el viento y la nieve hablan el antiguo idioma del silencio. (Conocemos también, del ser humano, sus contradicciones.) No olvidemos que en esas tierras, bosques, mar, en las largas noches solitarias del sur, selvas vírgenes, volcanes nevados, intensas lluvias, confín de confines y soledades, allí, en medio de cruentas batallas entre mapuches y españoles, también se instaló la palabra con La Araucana. Ese sur está escrito y descrito por Alonso de Ercilla y Zúñiga, Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Francisco Coloane, Rolando Cárdenas, Benjamín Subercaseaux, Jorge Teillier y tantos otros autores. El sur lo leemos en sus autores poetas, narradores, historiadores, geógrafos, aventureros y visitantes. Hay un telón de fondo, indudable, el coraje de los mapuches, su sangre derramada y la obcecada lucha del conquistador. La Araucana nos contó esas batallas y las transformó en leyenda, como a sus protagonistas, a quienes inmortalizó. Siempre habrá una palabra y un lector.

 

¿Leemos más o menos?

¿En la actualidad se lee más o menos? Una interrogante que no pocos se han hecho. Pienso que la pregunta es algo estéril. La relación del conocimiento con la lectura ha cambiado de manera vertiginosa, aunque el libro persiste, Gutenberg se defiende como gato de espaldas ante el avasallador mundo digital con Internet a la cabeza. El lector masa actual no sólo lee en Internet un menú infinito de conocimientos, diversiones, entretenimientos varios, pornografías del diario vivir, sino que escucha los libros que les relatan otros, como hacían las mamás con nosotros antes de dormir. Existe esa facilidad de la tecnología y el lector no se detiene en alguna línea que le pareció sorprendente, novedosa, un párrafo, no da vuelta la página, ni las raya, no pone anotaciones, sino que afina su oído. Los ojos pierden protagonismo, el tacto, la reflexión, la profundización del subrayado y todo queda a discreción de la frágil memoria. La memoria siempre será importante mientras exista el cerebro humano, si no preguntémosle a Marcel Proust, quien escribió un monumento a la memoria en En busca del tiempo perdido. Muchos hoy leen imágenes, inclusive la propia a través de los selfies, una especie de introspección del paso del tiempo, una manera, quizás, de reafirmar: aquí estoy. La imagen ha desafiado a la palabra mucho antes de la existencia de las computadoras; la televisión, por ejemplo, se creía destinada a reemplazar en una gran medida a los libros, a la escritura, o a condicionarla, mediatizarla, cuando menos. Sin palabras y escritura no podemos ingresar a una PC. La tenacidad del hombre por crear nuevas herramientas de comunicación está en pleno apogeo, para acortar e integrar procesos y crear una torre de Babel perfecta tecnológicamente hablando.

La pugna entre lo visual y lo escrito seguirá manteniendo su pulso. Lo sensato es seguir mejorando ambas herramientas y también impulsar el espíritu crítico de las personas, no dejarse llevar por una imagen previamente seleccionada sin su debida explicación, antecedentes, fuentes de origen, etc. El desafío no es menor: en la Edad Media, apuntan algunos estudiosos, prevalecían las imágenes, pero la verdad era un misterio, como los libros que estaban al alcance de unos pocos en las abadías.

El cambio es lo que nos caracteriza como especie además de otras cosas no muy agradables que no mencionaremos. Umberto Eco, siglos después, dijo: la pantalla de la PC es un libro ideal donde leemos el mundo en forma de palabras y de páginas. El libro no será palabra muerta, es lo que he entendido de los eruditos, inteligentes, analíticos comentarios del semiótico italiano, quien siempre instaba a relajarse leyendo un buen libro o un poema. Con el tiempo quizás un robot conozca tus gustos y te lea un poema del Medioevo en alguna playa tropical.

 

El cine, un libro abierto

El cine es un gran libro abierto a todas las emociones posibles, una página en movimiento con todos los ingredientes necesarios para hipnotizar a un espectador, que está leyendo un libreto actuado, filmado, y al mismo tiempo viendo y viviendo las emociones de cada uno de los pasajes, escenas. Los libros, las historias, son contadas en el celuloide y todos participamos de esos relatos, situaciones, conflictos, diálogos, silencios, y siempre de las palabras. Charles Chaplin usaba cartelitos, pero ahí también en el cine mudo existía la palabra escrita. Nuestros padres del celuloide, Bergman, Fellini, Godard, Rossellini, Pasolini, Vittorio de Sica, Truffaut, Antonioni, Bertolucci, Visconti, Woody Allen, Hitchcock, Spielberg, Coppola y Tarantino, entre otros, nos mostraron el mundo a su manera. Somos lectores de una u otra manera. Leemos avisos luminosos, letreros con direcciones, señalética de todo tipo, titulares de periódicos en las calles, cartas de despido, recetas médicas, cuentas por pagar, correos, WhatsApp, YouTube, Instagram, podcasts y los muros como los baños de las ciudades seguirán despertando nuestros sentidos con sus grafitis, un lenguaje espontáneo de la sabiduría popular, verdaderas confesiones, deseos, impulsos que forman parte de esa cultura que atraviesa nuestra conciencia.

 

La lectura es la que nos convoca y está hecha de palabras. Pienso que todas nos representan, pertenecen, y cada quien tiene su propio orden, dónde y cómo ubicarlas.

Leyendo mi monólogo

En esta época distópica, pandémica, de una colosal incertidumbre, donde un virus mortal, invisible, recorre el mundo y no es un fantasma, monologo con mis amigos escritores entrañables, desaparecidos, los leo, releo y escribo sobre ellos, busco en la memoria nuestra propia memoria, una manera de leer el pasado, la historia, lo vivido, instalarme en esos escenarios. De alguna manera fuimos palabras, lecturas de todo lo vivido, con las interrupciones propias de dar vuelta la página para seguir soñando, contando nuestra historia, la de los demás, leyendo el futuro si fuera necesario, aunque todo esté escrito, según el proverbio árabe. Una de las lecturas más difíciles, confieso, pero recurrentes, son las que hago a diario de la mente de mi musa, ejercicio que no siempre se traduce en palabras porque existe un espacio infranqueable para el mejor lector, se hace necesaria la paciencia que uno debe tener frente a la página en blanco, cuya lectura no siempre se revela. Escribir, corregir, es leer y releer. El lector nunca abandona el barco.

Una de las lecturas que más me han apasionado fue una bitácora que me escribieron con fotografías del lugar, de un viaje de Colorado a Las Vegas, porque reúne la emoción de los sentimientos, vivencias del lugar, la descripción espontánea que realizó la protagonista, y cuyo telón de fondo quizás era lo más importante, huir de un lugar en llamas. La palabra es mi pasión y debilidad, mi talón de Aquiles, mi devoción es absoluta, puede llegar a hacerme cómplice de quien la escribe. Allí la escritura y la lectura cierran su círculo virtuoso. La bitácora tenía un destinatario, un lector escogido de antemano, que se sumergiría en sus páginas. Un folletín moderno con una historia viva llena de acción, memoria y amor.

La lectura es la que nos convoca y está hecha de palabras. Pienso que todas nos representan, pertenecen, y cada quien tiene su propio orden, dónde y cómo ubicarlas, darles no sólo un lugar, sino un significado. Es un abecedario infinito a disposición de quien desee utilizarlo. ¿En los diccionarios están contenidos todos los poemas, novelas, obras de teatro, la literatura escrita? Sería fácil destapar la caja de Pandora de las palabras y hacer arte, pero cada una de esas palabras requiere de su propia brújula, no conformarse con ser el eslabón perdido, sino transformarse en lenguaje, historia, vida.

 

Epílogo

Se quemaron los ojos del mundo
y en cenizas se convirtieron las palabras.
El Nilo no ha dejado de llorar
la pérdida de la Biblioteca de Alejandría.

(Mensaje leído en una botella echada al mar)

Rolando Gabrielli
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