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El exilio: los exilios

martes 22 de mayo de 2018
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Exilios y otros desarraigos. 22 años de LetraliaExilios y otros desarraigos. 22 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2018 con motivo de arribar a sus 22 años.
Lee el libro completo aquí

Preámbulo

El exilio: los exilios, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

El exilio se manifiesta de muchas formas, pero asentadas en dos vertientes principales: el exilio físico y el exilio espiritual. Al hombre lo exilian o se exilia por razones políticas, económicas o sociales. El hombre se autoexilia y descubre que ésta es su condición fundamental. En el autoexilio se reconoce como un extrañado, un alienado del entorno social, del conjunto de ideas donde está sumido. Desde ese autoexilio busca identificarse y construir su propia tierra, su propia estancia que lo justifique y lo acorace.

Mientras más lúcido es el hombre más tiende a hacer del autoexilio o del exilio interior su morada para estar en el lugar de la utopía estable. Ese hombre es capaz de erigir la escritura como su hogar de exilio y desde allí crear topologías imaginarias que lo vayan habitando, alejándolo de la intemperie que, de manera inevitable, lo arropa y le causa desasosiego.

Los libros y la literatura y la poesía también pueden ser o llegar a ser un atractivo exilio para mantenerse a flote y pugnar por no zozobrar en las aguas tempestuosas de las contradicciones del espíritu humano. La lectura nos lleva al otro lado, donde esperamos encontrarnos con otros seres parecidos a nosotros, mejores o peores, mas harto adaptables a nuestras necesidades vitales.

 

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El exilio: los exilios, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

El exilio: los exilios. Errancias a través de la escritura. Andanzas sin arribar a estación durable. El exilio se alarga y obliga a vagar en pos de la residencia que se anhela ideal. Los exilios marchan errátiles y nunca alcanzan a resolver el quid de la cuestión humana.

La escritura se exilia. Reclama su adecuado destierro: el retiro que subyace en la génesis de las ficciones. Exilios efímeros y arraigados. Distanciamientos en las orillas que apenas se vislumbran. Soledumbres que atraen visiones con la astucia del verbo.

Exilios tras máscaras o máscaras ellos mismos. Desamparos de las ideas usadas en común. Supervivir en los exilios hasta lograr la experiencia en lo sedentario fugaz, en la esperanza de una mímesis que conjure los sobresaltos.

Indagar al exilio por dentro hasta aprehenderle las costuras. Sentir las durezas, el orgullo, las angustias, la inquietud. Estando lejos, acercarse a las moradas que nunca serán acogedoras. Palpar el destierro en las ilusiones que entraña.

También el exilio tras la escritura. Un ostracismo desde donde se otea lo que podría servir para el regreso de lo que nunca partió. Anhelo de encontrar el territorio no prometido, aunque la geografía se difumine.

 

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El exilio: los exilios, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Emigración desde el punto de llegada, sin saber si alguna vez fue el punto de partida. Desarmonía en los elementos que construyen el acto de emigrar. Acaso una adelantada elegía que emerge con sus señales medio hundidas.

Silencio y soledad en el trastierro. Retirarse para discontinuar los compromisos de los afectos establecidos sobre la base de enmiendas. Compensación que se trata de hallar en los hitos del pasado. La nostalgia, al final, no consigue extraer al trasterrado del círculo donde ha sido imbuido de ideas de imitación.

Dentro de la huida física no necesariamente va la huida espiritual. Las más de las veces la huida espiritual ha ocurrido con mucha antelación y no equivale a un eslabonamiento previo con la huida física, con la huida corporal.

El extravío quizá sea un antiexilio, un modo de perderse en las entrañas de las fantasías evasivas. El extraviado se extrapola a sí mismo e indaga el paradero del sitio donde sus plazos de quietud y protección conlleven a una prolongación sin pausa.

El retorno del exilio no acaba en ningún momento. El exiliado se vuelve impermutable y se aferra al conjunto de circunstancias, personas, eventos y representaciones espirituales que cree haber dejado atrás.

¿Los recuerdos en el exilio se vuelven más fragmentarios o se cohesionan alrededor de un eje pivotante? En todo caso, el exiliado trata de evocarlos en su aspecto primario, original, y sólo obtiene más retazos, más jirones de un recuento que carece de cola.

¿Posee el exilio una “verdad”? ¿Y cuál sería ella? A cada exilio correspondería una entidad abstracta, una noción difusa y esa resultaría la “verdad” en cada caso. El exiliado únicamente se atiene a la incertidumbre de su situación en el mundo y dentro de sí.

El orden temporal en el exilio espiritual está al arbitrio de conexiones cruzadas. La pérdida de las referencias, al ser perecederas, sume al exiliado en un estado de dependencia con respecto a las categorías cambiantes de la memoria. El autoexilio deviene entonces en una especie de ventana con espejo.

De la hipótesis de una alienación se deriva una estética de la exclusión autoimpuesta. Esa estética estaría caracterizada por imágenes mentales recurrentes que proporcionarían al alienado un relativo equilibrio entre fetiches que transmiten emociones de un mundo en derrumbe.

Cuando el exilio es un simulacro imita la expulsión de una comunidad en tránsito de volverse su propia antípoda. No obstante, ese fingimiento busca la humildad para minimizar los embates de la agresividad manifiesta. Dentro del cuerpo se deslizan hazañas de libérrimos itinerarios.

Al desaparecer el hombre, embutido en la armazón del exilio, la aflicción da paso a la condena y el “anulado”, aunque mudo, emplea una elocuencia sin palabras que ayuda a levantar el espacio eventual del “estar para sí”. Los callantíos ocupan el lugar de la reflexión y la esperanza.

El fugitivo empuja sus exilios con valentía y cobardía simultáneas. Establece en tierras extrañas su “otro yo”, su “estar intrínseco” y le confiere a su “nueva existencia” un carácter de supuesta constancia. Más tarde se llama para explicarse y difícilmente lo logra.

Hay un espacio hollado de distintos modos por diversos exiliados. Es el espacio del exilio inmaterial, aquella locación adonde coinciden los atisbos de la compasión y, también, las lentitudes de las enseñanzas de las entelequias creadas por la memoria.

 

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El exilio: los exilios, por Wilfredo Carrizales
Fotografía: Wilfredo Carrizales

Exilios en la provisionalidad y exilios en la persistencia. Sus diferencias vienen dadas por la intensidad de sus asunciones, más que por un asunto de temporalidad. ¿La evasión acaece como un anticuerpo contra la conducta aprendida, contra la presencia del anquilosamiento?

En el desarraigo las desemejanzas paren monstruos, fealdades que sobreviven a los avatares de la conciencia. Habría que explorar la variabilidad de la extirpación de las pretendidas raíces en el hogar que ha sido metáfora y no real asidero.

Un brutal exilio existe en su forma más radical: la prisión, el confinamiento. El recluso debe inventarse un exilio cotidiano para escapar de ese antro y debe hacerlo con fruición y apasionado cálculo. El carcelero se ve imposibilitado de impedir tal fuga y opta por el autoengaño.

En ocasiones, el exilio desarma y se convierte en una revelación de la posibilidad de transmigrar a través de los deseos y alcanzar la sinapsis con el “afuera”. Una pluralidad de aconteceres puede añadirse en un marco de sugestiones transformantes.

Se pone en marcha un exiliado eventual y no se lastra de sus accidentes. Cuando lo nota, ya es tarde: su identidad ha cambiado y entonces sólo le toca tallarse un nuevo límite que lo encumbre hasta la región habitada por analogías a su alcance.

La deportación se parece a la ramificación de la personalidad del espíritu. El deportado habla, sin intervalos, del castigo impuesto y así, el lugar de su destierro se le transforma en la morada errante donde derrota, con ventaja, al castigador.

Emigran los hombres. Unos son vasallos; otros, seres dignos. Sus tiempos son diametralmente opuestos. Los vasallos avanzan desportillados, sin aliento, en decadencia. Los personajes decorosos marchan pegados a las coincidencias de los sueños que levantan bosques dentro de ciudades.

Errancia y emigración. Exilio y expulsión. Cuatro modificaciones de la voluntad de recorrer distancias que acaso permitan el despertar de nuevos refugios. Cuando la cuestión se aclare habrá una puerta en una posición un tanto caprichosa.

Callada oposición: hechura de exilio en el fondo del espíritu. Contrapeso que ciñe la normalidad y la hace agitar para producir menos entes dóciles. Contestación del exilio que vaticina impulsos no quebradizos. Resistencia contra las sombras y contra las paredes que aplastan brújulas.

El fuego sopla por encima y el exilio salta en peregrinación. Un lazo se cierra con otro lazo; un exilio no clausura a otro exilio. Todos los destierros descienden hechos humo y enturbian los corazones de quienes escarban en los avisos. Ahora o a continuación: la fuga resiste con herraduras.

Hubo evasiones y aclaró, aunque el horizonte era inimaginable. Tras la frontera el barro ardía y las nubes echaban chispas. Los exiliados vestían estrecheces, pardas vestimentas mortíferas. Sus brazos: fantasías; sus cabezas: giros de espuma; sus pies: síndromes de boñigas. Al principio, fue la fe; al final, ni óbolos, ni caricias, ni ilusiones. El exilio inició la medianoche que no se esfuma.

Exilio para recuperar la mansión que entiende de nostalgias. Extrañamiento para crecer con las miradas que refrescan los excesos. Destierro para entrar como náufragos en la periferia del tráfico que no envejece. Huida espiritual que conduzca hasta la calle de la majestad solitaria y de sobreviento.

Wilfredo Carrizales
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