“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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La poesía no es mercancía al mejor postor

martes 15 de septiembre de 2015

Ecología, desequilibrio en la naturaleza y ausencia de un divino directorLa poesía no la creó ni Noé en una noche ebria ni Adam Smith con un cálculo ni los teóricos de la libre competencia. Si alguien merecería tal renombre pudiera ser el loco Diógenes. Él tuvo la ingenuidad de abrigarse bajo la sombra de la luna, de andar de día con una linterna buscando en Atenas a un hombre sensato y de burlarse de Alejandro que vino de lejos a saludarlo pensando que lo iba a adular reverenciándolo. Pero recibió su merecido: “Quítate de ahí”, le dijo, “me estás quitando el calor del sol con tu sombra a esta hora del mediodía”.

La Poesía, con mayúscula o sin ella, es como una dama íntegra, aunque sensual, altiva y célebre. No se exhibe, no se vende, ni necesita que la inviten a espectáculos carnavalescos o ruidosos ni que la muestren en los medios. No es una mercancía que necesite propaganda, ni tiene precio para poder competir con otros productos en el mercado. No es un perfume ni un adorno ni una gema preciosa o un disfraz de reina o de ministra del despacho.

Nadie sabrá jamás cuándo nació la Dama que todos apellidan poesía. Ni qué país escogió para que tuviera la vanagloria de decir que allí tuvo su cuna. No nació de la costilla de un céfiro ni tuvo por madre a una diosa. Para bien de ella no podrá decirse que nació en un palacio y privilegiada. Cuando nació Homero ya existía, cuando salieron de sus cuevas los homínidos tal vez la encontraron expósita al pie de una fuente cristalina, al modo de Moisés en la quebrada.

La poesía es una mujer celosa de su estirpe. Nadie sabe quiénes fueron sus padres ni abuelos ni tuvo abolengo, escudo de armas o bandera. Ni siquiera tuvo dinero para ponerse un corsé o un adorno en las orejas o en su cuello. Su pecho inmaculado no resistiría una cadena ni el oro ni las piedras. Ella es la gema más genuina con brillo que sale como un aura de su cuerpo y la hace reconocible desde lejos.

Con nadie se ha casado hasta ahora. Ha permanecido virgen y eso la ha hecho más deseable. Quien la ha conocido es porque la vio de lejos y ella le concedió alumbrarle el camino. No tiene emisarios ni tiene sede en el Olimpo o el Parnaso. Mira de lejos el oficio de Jurados y nunca autorizó dar títulos, coronas ni premios por ejercer el oficio. Es celosa de su reino escondido y se cuida de abrazar en público a quien le pide un autógrafo. No da jamás una recomendación ni avala a alguien de por vida.

Oh, Poesía. Quién supiera que tu don aparece en el mundo tan poco. Tantos millones de hombres y mujeres pululan y tan pocos han merecido llamarse poetas. Habrá academias, habrá concursos y acudirán muchos hasta la entrada a tu casa y mirarán por el espejo tu perfil y querrán escuchar tu voz. Pero no lograrán, como Alejandro y su poderío, que tu mano asome y entregue tu numen. Solamente a quienes tú veas que guardarán la llama de tu fuego sagrado con silencio, respeto, trabajo minucioso, les concederás el don de convertir la palabra en perfume, en sonido, en imagen o en caballito de mar y castañuela.

Leopoldo de Quevedo y Monroy
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