“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Un techo de cristal para Juana Inés

jueves 5 de mayo de 2016

Sor Juana Inés de la Cruz

El discurso es un acero
que sirve para ambos cabos:
de dar muerte, por la punta,
por el pomo, de resguardo.
Sor Juana Inés.
Fragmento del poema “Finjamos que soy feliz”.

El nombre de la indomable Juana Inés despierta, al rompe, para quienes sabemos el temple de esa mujer, admiración y respeto. Transgredir los diques que la sociedad representada por los hombres impone no ha sido tarea fácil en cualquier lugar del mundo. Menos cuando ella estaba tan cerca del poder del extranjero en su patria y los torniquetes de la Inquisición la miraban de cerca.

En una época y en medio de costumbres que mantenían a la mujer en los oficios de la casa y no merecían estudiar sino obedecer, la niña Juana levanta la cara y alza la voz para diferenciarse. Temprano se resistió a seguir la senda del sometimiento, el silencio, la ignorancia y el trabajo servil al hombre en un hogar. Por el contrario, levantó la cerviz y siguió el camino que su inteligencia y sagacidad le ofrecían a cambio de empeño y noches de estudio. Supo que era hija de un país, ancho, lleno del esplendor que venía de las Cortes españolas y la literatura nueva que traían en barcos y baúles.

Una mujer de bravos bríos, como Juana Inés, con todas sus letras y verdades siempre hubiera querido que su conducta fuera revelada con pelos y señales.

Nació en San Miguel Nepantla, municipio de Tepetlixpa, estado de México, en 1651. Hija mitad criolla, por su madre Isabel Ramírez, y mitad española por el capitán Pedro de Asbaje, prefirió usar primero al nombrarse con el apellido Ramírez y luego el de Asbaje. A los tres años ya sabía leer y escribir, a los ocho escribió su primera loa1 y la curiosidad era el rasgo que dominaba en su personalidad, según Octavio Paz. Aprendió el latín en 20 lecciones y pudo leer a Agustín, Crisóstomo y Tomás de Aquino. Le pidió a su madre la vistiera de hombre para ingresar a la Universidad Autónoma recién fundada. Ante la negativa, y a cambio, le facilitó vivir en Ciudad de México. A los 16 años la virreina Leonor Carreto, previo examen de conocimientos por una comisión de eruditos, la nombró dama de compañía con derecho a vivir en la Corte de la Nueva España.2

Entró al Convento de las Hermanas Jerónimas Descalzas y tomó los hábitos cuando llegó a la edad de 21 años. Sin embargo, a lo largo de su vida aspiró no a ser santa sino a ser sabia. Entre el recato del claustro, el boato de la Corte y su amistad con la marquesa de Mancera, su admiradora de sus virtudes y amiga del alma, Juana Inés alternó sus dotes intelectuales devorando filosofía y poesía. Bebió en la fuente el culteranismo de Luis de Góngora y saboreó risueña el barroco en su sintaxis con hipérbaton y retruécanos, con sátira y humor agudo. Discurría por entre los textos tan oronda como por las calles de su pueblo.

La escritora colombiana Flor Romero fue adentrándose en los recintos por donde anduvo sor Juana, la peor de todas, en el voluntario territorio que escogió para vivir. No escatimó secretos ni joyas que la historia mojigata ha guardado con equivocado celo. Una mujer de bravos bríos, como Juana Inés, con todas sus letras y verdades siempre hubiera querido que su conducta fuera revelada con pelos y señales. Nada del ser humano es ajeno ni aborrecible, lo había dicho Publio Terencio.3 Todo tiene sentido y merece ser sacado a la luz para que la claridad resplandezca viva.

“En un salón barroco del siglo XVII ningún hombre cree que la chica sea capaz de responder los cuestionamientos. Esta es una de las escenas de Juana Inés, la serie que ha estrenado el canal 11, la televisión pública de México, sobre la vida de la escritora novohispana más popular del país”, escribe Sonia Corona en El País de España.

Juana Inés, vestida de monja y con rebozo desde la coronilla hasta los pies, es un ser inimaginable visto con lupa a través de sus actitudes, la vida que quiso para sí y los escritos que nos dejó. Refleja fielmente la sociedad de su tiempo con el lujo y la hipocresía que tapa, la vida escondida que no permite ser lo que se cuece adentro. Juana interpretó en el siglo XVII una melodía que nadie más nos ha dejado. Ahora, sentada sobre un colchón de raso y velo en la alcoba con techo de cristal, bajo la dirección de Patricia Arriaga, la actriz Arcelia Ramírez irá desgranando la vida de aquella mujer ávida de luz, de las emociones del amor y de la libertad que trae el pensamiento despojado de velos y prejuicios.

A Juana Inés solo la distinguimos por unos textos cautos, algunas loas y versos menos picantes que el chile verde de la tierra tapatía. Pero no muestran la dimensión humana llena de llamas, semejantes a las de Teresa de Ahumada. No permiten ver que es un ser humano ilímite, no sujeto a cadenas sociales tan crueles como las torturas en una sala santa de la Inquisición entonces vigente.

Sonetos, redondillas, romances, piezas de teatro, cartas componen su obra literaria. Su ingenio va más allá de la herencia del culteranismo o conceptismo de su época. El estilo es incisivo, ora arriesgado neoplatonismo y psicológico, ora cáustico y sonriente según sea el auditorio al que se dirige. Los críticos de su tiempo ya calificaban su obra con entusiasmo y la comparaban con los autores sobresalientes que la rodeaban.

Juana Inés se resistió a cargar la cruz que la sociedad machista y religiosa ha querido cargar sobre la espalda y la cerviz de la mujer.

En sus poemas aparecen no sólo aciertos literarios como el fácil uso de las metáforas, la novedad de ellas, la paradoja, el retruécano, la antítesis, la ironía y la profundidad en que sumerge al lector. “Mira cómo el cuerpo amante, / rendido a tanto tormento, / siendo en lo demás cadáver, / sólo en el sentir es cuerpo”.4 Los versos van apareciendo y entre ellos va insertada tal musicalidad y agudeza mental que animan al lector más exigente. Quien lea a Juana verá no sólo la influencia de Góngora, sino del conceptista Quevedo o la de Rodrigo Caro y a autores tan cotizados como Calderón de la Barca5 en el uso de recursos en sus juegos de teatro y personajes como Celo, Religión o América.

¿Cómo será el techo de vidrio que cubrirá la escena en la pantalla chica en todo México en donde aparecerá Juana Inés? Ojalá deje ver toda su cara, su mano prodigiosa, el empuje de su estro y la verdad de su vida. México tiene su legado tan alto y vasto en ella como la magnitud de sus pirámides, su inmenso territorio y la herencia que corre por entre su historia.

Juana Inés se resistió a cargar la cruz que la sociedad machista y religiosa ha querido cargar sobre la espalda y la cerviz de la mujer. Con su temple, rebeldía y estudio superó los escollos de la ingenuidad, la timidez y sometimiento a los cánones que rigen aún en las colonias conquistadas. Su ejemplo no ha sido valorado en su dimensión humanista y liberadora de tabúes. Su vida y su obra nos la muestran mejor que una urna de cristal en un museo.

https://www.youtube.com/watch?v=JInQhY9Q0F8

Leopoldo de Quevedo y Monroy
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Notas

  1. Corona, Sonia: “Juana Inés y el techo de cristal”. En: El País, 22 de abril de 2016.
  2. Romero de Nohra, Flor: “Sor Juana Inés de la Cruz, pionera de las letras americanas”. En: Mujeres inolvidables. Bogotá (Colombia), Editorial Búho, 2006. P. 31.
  3. “Sor Juana Inés de la Cruz”. En: Biografías y Vidas.
  4. Gotor, Servando: “El divino Narciso (sor Juana Inés de la Cruz)”. En: Lecturas hispánicas.
  5. Krynen, Jean: “Mito y teología en ‘El divino Narciso’ de sor Juana Inés de la Cruz”. En: AIH, Actas III (1968). Instituto Cervantes.