“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Borges: ansiedad y finura

viernes 24 de junio de 2016
Jorge Luis Borges
Admiramos hoy en lontananza la figura evanescente de Borges.
La causa verdadera
es la sospecha general y borrosa
del enigma del Tiempo;
es el asombro ante el milagro
de que a despecho de infinitos azares,
de que a despecho de que somos
las gotas del río de Heráclito,
perdure algo en nosotros:
inmóvil.
Fragmento del poema “Final de año”,
en Fervor de Buenos Aires.

Jorge Luis Borges es un nombre que se pronuncia de pie y con respeto. Parece que hubiera nacido grande y con una lupa en la mano. Buscador de rarezas, creador de imágenes, arqueólogo de la escritura, desenterrador de tiempos y personajes, navegó por este mundo como Marco Polo en busca de materiales nunca antes hallados.

Personaje internacional, su cuna fue la tierra, las catacumbas o la torre de Babel: allí donde se pudiera encontrar la razón para que tuviera el poder de sus ojos y una lengua capaces de descifrar signos, inscripciones, hrönires y acertijos y revertir sus pesquisas en relatos memorables.

El idioma en el que nació y al que amó fue el motivo que lo llevó a escudriñar bajo escaleras, países de culturas antiguas y casas encantadas.

Abrió los ojos cuando el siglo XX amanecía y aún ciego siguió iluminando al mundo con su creación febril y humor imperceptible. Cantó a su tierra natal desde la bonhomía en Fervor de Buenos Aires. Sus atardeceres, su arrabal, sus jardines, su cementerio, la figura de la carnicería, sus senderos, sus edificios europeos, sus finales de año: sus intimidades y cicatrices en el cuerpo.

Vendrían luego aludes de letras, millares de imágenes. No en vano fue el inspirador del ultraísmo. El idioma en el que nació y al que amó fue el motivo que lo llevó a escudriñar bajo escaleras, países de culturas antiguas y casas encantadas: lo que no pudo relatar en mil noches Scheherazade. Con su español macizo, pulcro, diáfano como un hilillo que acaba de salir de un ojo de agua para formar ríos y llegar al mar insondable de su obra total.

Quien vea cualquiera de sus fotografías podrá observar la adustez de su rostro, con sus abundantes cejas sobre unos ojos que brillaban y buscaban con afán el núcleo de cada objeto que interesaba a su curiosidad de escritor. Parecía afanado, ansioso por llegar hasta la verdad y el nudo del problema. Para él contaban las historias entresacadas de lugares y en circunstancias nunca relatadas. Fue su propio maestro pues fabuló como Alicia reinos y lenguajes no descifrados.

Hasta Tlön y Uqbar, la Tercera Órbita se dirigió, como otro Magallanes o Colón, a sentar sus plantas y sus ojos. Solo su olfato, su lucidez y muchas noches de insomnio lo acompañaron en el viaje hasta encontrar el nuevo planeta, que hoy los geógrafos no registran en los mapas. Pero él estuvo allá y con su genio lo describió con luna, moneda, ruidos y alfabeto. No necesitó palabras escabrosas ni hechos brutales ni engaños por debajo de la manga. No era mago ni bufón, era poeta y eso bastaba.

Admiramos hoy en lontananza la figura evanescente de Borges. Su mirada inquieta y su pluma desafiaron la historia, la geometría y la sicología. El tesón, el afán de ir más allá de sus ojos que se cansaron de ayudarlo y su luz interior fueron los cómplices de que hoy gocemos al abrir su obra de más sorpresas que Pandora.

Leopoldo de Quevedo y Monroy
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