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Lo encubierto de La Oculta

sábado 22 de agosto de 2015
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oculta

Qué es lo que encubre la más reciente novela de Héctor Abad Faciolince, titulada La Oculta? Cada lector seguramente develará diferentes secretos derivados de las tres voces que sostienen el texto, aquí solo destacaré algo que no es necesario buscar en lo profundo del lago que habita en el terreno de la finca protagonista, por el contrario quizás sea lo más evidente, la presunción colombiana que la felicidad reposa en poseer un trozo de tierra.

Para el ocasional lector que no sea colombiano, hay que indicar que la acción de la novela se desarrolla en una finca familiar, La Oculta, ubicada en inmediaciones del municipio de Jericó en el suroeste de Antioquia, departamento o provincia colombiana cuya capital es Medellín, segunda ciudad —para algunos la primera— del país.

La novela de Héctor Abad igual que la geografía antioqueña está plagada de nombres bíblicos, que a pesar de venir del Antiguo Testamento, reclaman su naturaleza cristiana, pues para algunos antioqueños se ha convertido en obsesión aclarar que no tienen raíces judías, ni que fueron conversos a la fuerza. La sociedad antioqueña tiende a ser conservadora en sus tradiciones y creencias, pero liberal en lo económico y en la intimidad si se quiere, lo cual se traduce en no pocas paradojas que se reflejan en este libro.

Otra característica fundamental del antioqueño es que se convirtió en fundador de pueblos y ciudades desde mediados del siglo XIX e inicios del XX, pasando las fronteras de su departamento, en buena parte de lo que hoy se conoce como el eje cafetero y en zonas donde la montaña deja de serlo para convertirse en selva. El colono antioqueño, el arriero paisa (paisa es el apelativo familiar con el que se designa a los antioqueños y sus descendientes), son los modelos fundacionales de aquellas familias que hacían largas travesías para establecerse en nuevos territorios en donde pudieran reinventarse, haciendo nombre y fortuna. A diferencia de las fundaciones de los conquistadores españoles, éstas no fueron producto de la violencia, sino del trabajo. Luego llegaría nuevamente la violencia, en esta edad media que parece seguimos atravesando los colombianos.

Todos llevamos una Oculta en nuestro pasado o en nuestra aspiración futura.

La novela presenta en claros ejemplos la identificación de la noción de felicidad con la posibilidad de tener tierra y precisamente esta se convierte en la explicación de las conquistas, frustraciones y tragedias humanas en nuestro país, específicamente la inequidad en la repartición de la misma.

Es claro que la noción de propietario no es algo exclusivo para los colombianos, lo demuestra por estos días el 800º aniversario de la Carta Magna, cuando por primera vez un monarca europeo (casualmente llamado Juan Sin Tierra) tuvo que claudicar frente a sus subordinados y aceptar una Constitución que, entre otras, se ha tomado como la noción actual de los derechos humanos. La verdad en su momento fue la reacción de aristócratas y nobles que pretendían recuperar privilegios perdidos ante el rey, como la posesión de tierras.

Sin embargo el sentido de propiedad, posiblemente derivado de la inequidad, se ha convertido para los habitantes de Colombia en una obsesión, una aspiración o una necesidad. Uno de los efectos nocivos del narcotráfico fue catapultar la ambición desmedida por la propiedad, presente ya en algunos privilegiados llamados terratenientes, término odiado y añorado al mismo tiempo, que designa a los dueños de muchas propiedades rurales.

 

Todos llevamos una Oculta en nuestro pasado o en nuestra aspiración futura; en mi caso, el mito fundacional de la familia Medellín era una finca llamada El Mortiño en el municipio de Junín, Cundinamarca, cuyos propietarios tuvieron que abandonar, perseguidos por el régimen que en los años 40 propició la violencia política colombiana, la cual derivó luego en las guerrillas contemporáneas. Propietarios que se convierten en desplazados, una triste constante de nuestra historia.

En la literatura colombiana, la casa aparece como protagonista y escenario de obras emblemáticas. Los colombianos estamos unidos a la literatura en espacios de cuatro paredes. La María no puede entenderse sin la finca El Paraíso, pero también aparece La casa de las dos palmas, La mansión de Araucaíma y no en vano, Cien años de soledad se iba a llamar La casa. La Oculta se agrega a esa lista inmobiliaria-literaria en Colombia que ejemplifica las fincas que los colonizadores antioqueños esparcieron en los territorios que iban habitando, fundando pueblos de hombres libres, cuyas diferencias futuras las daría no el capital, sino el trabajo, la capacidad e inteligencia de cada persona.

Esta es una novela que habla de hombres buenos en tiempos de maldad indolente, que al igual que los perros, son aquellos que ladran pero no muerden, como describe el autor a las bondadosas criaturas de cuatro patas. Aquellas personas que son desobedientes y poco mandonas en un territorio acostumbrado a los peones y capataces (cita textual). Un país en donde la felicidad (así a un personaje de la novela no le gusten las palabras que terminan en dad), se entiende como tener un pedazo de tierra.

Aunque se presente como obra coral a tres voces, las de los hermanos que nos van narrando los acontecimientos, el trío se mezcla en una voz, la del autor que se convierte en el ventrílocuo de La Oculta, la verdadera protagonista que sufre la serie de cambios a la que la someten los seres humanos, desde que deja de ser un terreno salvaje para ser hogar. La tierra domesticada que concreta la promesa bíblica de la tierra prometida, el paraíso perdido como lo dice la misma novela.

En una época de títulos rimbombantes, elaborados que juegan a la frase efectista, aparece el sencillo nombre de La Oculta. La invitación es que los lectores descubran qué es lo que esconde o evidencia este libro de Héctor Abad Faciolince, un coro de voces de tres hermanos que se van alternando como solistas para hablar de la verdadera protagonista de la historia, una propiedad rural que puede ser cadena o liberación, llave o candado, desde el cristal por el cual se le mire. No sería extraño que el lector coincida con la mayoría de los colombianos en que la felicidad es un pedazo de tierra o que por el contrario la considere sólo una tragedia a largo plazo y contada en cuotas periódicas. Puede que considere buscar los clasificados del periódico para comprar una finca o venderla de inmediato.

Dixon Acosta Medellín
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