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Diálogos con Julia (LXIV)
Julia y el realismo

martes 27 de octubre de 2020
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Escila y Caribdis
Odiseo tiene que buscar la poesía en otro lugar, en el puro y duro realismo. Imagen: fresco de Alessandro Allori, circa 1575 (detalle)
Diálogos con Julia, por Vicente Adelantado SorianoEl escritor español Vicente Adelantado Soriano nos presenta estas conversaciones con la lúcida y culta tía Julia, una mujer de alrededor de noventa años que igual discurre sobre temas universales como los prejuicios o las leyes, que sobre otros más cotidianos como los regalos, el cine o la moda. Una mujer, como declara el autor, de otros tiempos.
En cualquier campo es muy difícil exponer el modelo —lo que en griego se llama charakter— de perfección, ya que lo perfecto para unos es una cosa, y para otros otra.1
Cicerón, El orador.

Una discusión con un alumno, que me recordó algunas de mis actitudes cuando tenía su edad, me llevó a plantear la cuestión delante de Julia aquella misma tarde. Me gusta mucho contrastar mis ideas con las suyas. Procuro tenerlas siempre presentes.

—La cuestión —le dije ya mediado el debate— es que este chico, mi alumno, se rige solamente, al parecer, por el principio de verosimilitud. Rechaza, en consecuencia, todo aquello, novela o teatro, que no es creíble.

No debemos olvidar que el realismo es una forma de escribir. Nada más.

—¿Y eso te ha llamado la atención? —preguntó un tanto sorprendida.

—La verdad es que en un principio, sí. No obstante, cuando ha terminado la clase, y la discusión, he estado recordando algunas de mis reacciones de joven lector y, ciertamente, me parece que sufrí lo mismo que estaba padeciendo él.

—No quiero hacer grandes afirmaciones. Pero creo todos hemos pasado por experiencias similares. De pequeños a todos nos gustan los cuentos, la mitología si quieres, pero de mayores buscamos algo que juzgamos, equivocadamente, con más enjundia, más del mundo real, menos fantasioso.

—Una literatura realista, para decirlo con pocas palabras. O la filosofía.

—Sí —dijo tras alguna vacilación—, pero no debemos olvidar que el realismo es una forma de escribir. Nada más. No tolera, si quieres, ciertas situaciones, apariciones de dioses y elfos, por ejemplo, pero la magia, o una cierta magia, siempre la hay; viene por otros caminos.

—¿Tú crees? —pregunté un tanto escéptico.

—Mira, la vida es caótica, un desastre en el cual suceden muchas cosas sin aparente sentido y aburridas. Una novela o una película no pueden serlo. Tiene que regirse por el principio de la coherencia y de lo esencial. Hasta el Ulises de Joyce obedece a esas leyes, que siempre se rompen y siempre se tienen que respetar. Si quiere hacerse entender, por supuesto.

—En ese caso lo que sucede es que varía el principio de coherencia, si es que lo hay. Quiero decir que para un griego sería muy normal creer que a Ulises u Odiseo se le aparece Atenea, en la Ilíada y en la Odisea, aunque supiera que eso era totalmente imposible en la vida real. Su mentalidad era otra.

—No sé lo que pensaba un griego de aquella época. Seguramente la forma de ver y entender la realidad y, por supuesto, la literatura, sería distinta a la nuestra. O no. No lo sé.

—Siempre me ha llamado la atención la cantidad de dioses que aparecen en la literatura griega. Aunque su poder sea limitado; a nadie salvan de la muerte, por ejemplo… He sacado la conclusión de que el griego fue un pueblo muy religioso. Ahora bien, que se creyera esas cosas o no, me crea dudas.

—Hay que andarse con pies de plomo si tomamos la literatura como testimonio de una época. No quiero decir con ello que los autores mientan, pero hay que andarse con pies de plomo. Recuerdo que una vez —añadió melancólica—, siendo joven, asistí a la presentación de una novela escrita por un compañero del instituto. Algún familiar de este chico, que había leído la novela, lo acusó, allí, delante de todos, de contar muchas mentiras en su libro. El autor se defendió diciendo que él no trataba de escribir historia sino de plasmar sus recuerdos.

—¿Y qué otra cosa es la historia? Contada de una forma más o menos objetiva, pero recuerdos e indagaciones o solamente indagaciones.

Seguro que Homero conoció más de un naufragio, y seguro que se basó en ellos para describir los de Ulises.

—Algo parecido a eso pensé yo en aquel momento. Pero uno de los presentadores, saliendo en defensa del autor, dijo que toda novela, toda poesía, toda obra de arte en suma, siempre tiene una parte autobiográfica y otra que es producto de la imaginación. Y la imaginación es hija de la ingente cantidad de libros leídos. O de películas, o de historias oídas por aquí y por allá, de la vida en su totalidad.

—Me vuelve a suceder ahora lo mismo que me ha sucedido esta mañana con mi alumno. A veces es difícil establecer el límite entre la realidad y la fantasía. O, si quieres, entre lo verosímil y la verdad. Pensando en ello, en mi alumno, he recordado dos cantos de la Odisea. En uno de ellos, y en primera persona, Ulises le cuenta a Alcínoo, el rey de los feacios y padre de Nausicaa, su salida de la isla de Calipso, diosa entre las diosas, por segunda vez. La primera su embarcación ha sido destruida por Escila y Caribdis, y la segunda, tras hacerse una balsa, naufraga en las costas feacias, donde es recogido, quizás la parte más emotiva de la obra, por la joven Nausicaa.

—Evidentemente —dijo Julia sonriendo— tu alumno te hubiera dicho que Escila y Caribdis son elementos fantásticos. O una metáfora.

—Sin duda. Y yo le hubiera replicado que era una explicación poética de por qué en unos lugares determinados se producían tantos naufragios. Siempre ha habido naufragios. Unas veces por la terrible ira de Poseidón y otras por las de Hera, y otras porque el mar se ha picado por los vientos o los cambios de temperatura. Eso ahora es lo menos importante. Al menos para lo que quiero decir.

—Vale. Tenemos una parte de las aventuras de Ulises que son pura invención: Calipso, Escila y Caribdis…

—O una metáfora. Calipso, diosa entre las diosas, es la mujer a la que siempre se retorna. Y siempre ayuda. Odiseo, con su ayuda, como te he dicho, se hace una balsa, todos sus compañeros han perecido, y vuelve al mar. Pero Poseidón se la tiene jurada, pues cegó al cíclope, que era su hijo. Y de nuevo lo hace naufragar, ahora en las costas feacias, donde es auxiliado por Nausicaa.

—Más fantasía, ¿no?

—Sí. Es posible. Pero seguro que Homero conoció más de un naufragio, y seguro que se basó en ellos para describir los de Ulises. Los naufragios en aquella época debieron ser una cosa normal y corriente. Hay, pues, una base real. Pero lo importante ahora no es eso. Lo importante es que, poco después del tiempo pasado con los feacios, y gracias a Atenea, Ulises arriba, por fin, a Ítaca. A fin de que los pretendientes de Penélope no acaben con su vida, Atenea lo envejece y lo disfraza de mendigo. Y así, Ulises se presenta ante su porquero. Éste, como es de esperar entre los griegos, le da hospedaje. Tienen los dos una larga conversación. Al preguntarle el porquero por su vida, su rumbo y su trayectoria, Ulises le cuenta lo sucedido en varias aventuras. Le habla de Escila y Caribdis y Nausicaa, pero modificándolas: no hay ahora situaciones maravillosas producidas por los dioses ni seres mágicos. No obstante, cuenta la misma historia: tormentas en el mar, naufragios y salvación en otras costas… La narración, por lo tanto, es totalmente verosímil. Sin seres maravillosos. Pero ¿es real?

—Es decir que ha sido suficiente la eliminación de varias palabras, o de varios nombres para que cambiemos de género literario.

—Sí. Y eso se debe a que le ha dicho antes el porquero que le es odioso “el hombre que pretende aliviar su miseria contando patrañas”.2

Quizás la aparente fantasía sea una forma de consolarnos, de hacernos tragar la medicina. La vida ya es bastante dura de por sí.

—Es decir que el porquero, como harán siglos después Juan Palomeque, su oíslo y su hija, en El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, marca lo que le gusta de la literatura, lo que le interesa de ésta. En este caso el realismo, lo que él entiende por verdad. Odiseo, por lo tanto, se ve precisado a prescindir de Calipso, Escila y Caribdis y demás.

—Efectivamente. Odiseo tiene que buscar la poesía en otro lugar, en el puro y duro realismo. Tenemos, pues, dos tipos de literatura contando lo mismo, aunque en la segunda falten personajes. Seres mágicos y dioses.

—No sé. Quizás lo que vaya a decirte sea una burrada, pero ¿no se puede tomar ese contraste entre las dos formas de contar como una especie de crítica a las limitaciones impuestas a un autor?

—No lo sé. Yo, aun sabiendo que era imposible la existencia de la ninfa Calipso, de la tierna Nausicaa, y de la tierra de los feacios, siempre me he inclinado más por este canto, poético, que por el prosaico que le endosa Odiseo al porquero, dando nombres de lugares existentes, Egipto, Creta, Troya, y donde todo tiene su lógica y razón de ser.

Al oírme estas últimas palabras, Julia se transformó. Se incorporó en su butaca, y, erguida, mirándome a los ojos, recitó:

En el arte hay dos caminos: uno es arquitectura
y alusión y logaritmos de la literatura;
el otro, realidades como el mundo las muestra,
dicen que así Velázquez pintó su obra maestra.
Sólo ama realidades esta gente española;
Sancho Panza medita tumbado a la bartola.
Aquí si alguno sueña, consulta la baraja,
tienta la lotería, espera y no trabaja.
Al indígena ibero, cada vez más hirsuto,
es mentarle la madre mentarle lo Absoluto.3

—Creo —concluyó Julia— que algo de relación tienen las palabras de Valle-Inclán con lo que estamos hablando.

—Ya lo creo que sí —dije inspirado—. ¿Es realista la forma de pintar de Velázquez? Eso dicen. Pero ¿es realista La fragua de Vulcano o Las hilanderas? Muchas personas no saben lo que hay allí. Ven a una mujer, a una hilandera, mientras que en otros cuadros, en los cubistas o puntillistas, les resulta difícil ver nada que sea real, de la vida cotidiana. Por lo tanto, Vulcano es realista. Una mancha, no.

—Ya te he dicho antes —dijo Julia con dulzura— que el realismo es una forma de escribir o de pintar, nada más. Pero si lo piensas detenidamente, Pulgarcito o Cenicienta no son personajes tan fantásticos como pudiera parecer. Ocultan una triste realidad. Quizás la aparente fantasía sea una forma de consolarnos, de hacernos tragar la medicina. La vida ya es bastante dura de por sí.

—Y aun así hay gente que prefiere el realismo, la noticia sin concesiones. Como mi alumno.

—Pues uno se queda con el porquero, y otro con Homero. Y aquí paz y allá gloria. Pero para muchos tan ficticia es Creta como Troya.

—A veces me da la impresión de que hasta nosotros somos ficticios; no obstante, como diría Odiseo, “es vivir todavía mi destino”.4 Así que me voy a la cocina. Aunque, desde luego, no voy a hacer un banquete a modo y manera de los héroes homéricos. Se pasan la vida comiendo cerdos y bueyes.

—Pues no, oye. Que nosotros no tenemos que ir a luchar ni a morir ni por Helena ni por Aquiles.

—Gracias sean dadas a los dioses.

 

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Notas

  1. Cicerón, El orador, traducción de E. Sánchez Salor, Alianza Editorial, Madrid, 2004, p. 43.
  2. Homero, Odisea, XIV, v. 156. Editorial Gredos, Madrid, 2006. Traducción de J. M. Pabón.
  3. Ramón María del Valle-Inclán, Farsa italiana de la enamorada del rey, jornada II.
  4. Homero, Odisea, XIV, v. 359.