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Diálogos con Julia (LXVII)
Julia y las ilusiones

• Martes 17 de noviembre de 2020
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Pulgarcito
La vida no es sino el camino que recorrió Pulgarcito. Pero no se van dejando piedras sino restos de uno mismo. Ilustración de Gustave Doré para una edición de “Los cuentos de Perrault” (1867)
Diálogos con Julia, por Vicente Adelantado SorianoEl escritor español Vicente Adelantado Soriano nos presenta estas conversaciones con la lúcida y culta tía Julia, una mujer de alrededor de noventa años que igual discurre sobre temas universales como los prejuicios o las leyes, que sobre otros más cotidianos como los regalos, el cine o la moda. Una mujer, como declara el autor, de otros tiempos.
Para esto fuiste engendrado, para perder, para perecer, para tener esperanzas y temores, inquietar a otros y a ti mismo, para tener miedo a la muerte y a la vez desearla y, lo peor de todo, no saber nunca en qué situación te hallas.1
Séneca, Consolación a Marcia.

Llevaba varios días, semanas mejor dicho, en las que estaba bastante disgustado conmigo mismo. Mis ansias de soledad eran enormes. Hasta tal punto que meterme en una clase y tener que hablar era un verdadero tormento. Por eso mismo rehuía a compañeros, deudos y parientes. Con el paso del tiempo me estaba convirtiendo en un personaje verdaderamente huraño. Lo malo, o lo bueno de la situación, es que no tenía ningunas ganas de cambiar. A todo esto se añadía la proximidad de las fiestas de Navidad. No es que me molesten dichas fiestas, todo lo contrario. Me molesta verme obligado a tener que asistir a comidas y meriendas. Decidí ponerme enfermo.

—No ha sido muy inteligente la elección —me dijo Julia sonriendo—. Tenías que haber dicho que te ibas a algún convento, a Santo Domingo de Silos, al monasterio de Poblet… no sé, cualquiera de los que admiten huéspedes y que está muy alejado. Te arriesgas, fingiéndote enfermo, a que vayan a visitarte a casa, mientras que a un convento nadie iría a verte.

Para la inmensa mayoría de las personas la palabra, la voz, no es sino una flatulencia más; no hay que darle mucha importancia.

—Tampoco creo que venga nadie a casa, la verdad. No obstante, tendré en cuenta tu observación para el año que viene.

—¿Y serás capaz de dejarme sola? —me preguntó sonriendo con dulzura.

—No, no me iré. Por supuesto que no.

—No me hagas caso. Era una broma. Te puedes ir. Creo que ambos estamos hechos ya a la soledad.

—Recuerdo que una vez, estando en cuarto de bachiller, a un compañero le dio por hablarnos de los existencialistas, o de lo que él, por aquel entonces, entendía de ellos. En el patio del instituto nos vino a explicar que un existencialista es aquel que hace lo que le da la gana. Para ilustrarlo fingió que le apetecía sentarse en el suelo, y se sentó. Luego que tenía ganas de escupir y escupió…

—¡Vaya! Una clase bien didáctica —dijo Julia, que continuaba sonriendo.

—Sí, sí que lo fue. Después se complicó la cosa. Pues intentó explicarnos, el tal compañero, en tan tierna edad, que la soledad no existe: siempre estamos acompañados por alguien.

—La charla se puso metafísica, y eso fue lo que te llegó al alma.

—Efectivamente. Se me quedó grabado a fuego lo que dijo. Y no hay navidades que no me acuerde de aquella lejanísima disertación, pues cuando más solo estoy, más en compañía me encuentro, como vino a decir aquel viejo compañero.

—Gracias por la parte que me toca.

—No lo digo por ti, y lo sabes.

—Sí. Lo sé. Y sé que te tomas demasiado a pecho lo que dicen tus conocidos, compañeros o amigos. Le das demasiada importancia a las conversaciones que mantienes con ellos, a sus palabras y a sus citas. Olvidas que para la inmensa mayoría de las personas la palabra, la voz, no es sino una flatulencia más; no hay que darle mucha importancia. Hay que alejarse un poco, eso sí.

—Sí, evidentemente es el signo de sus pensamientos. Por desgracia soy una de esas personas a las que les cuesta mucho aprender. Quiero decir que todavía sigo confiando en la palabra de algunas personas. Aunque menos, cada día que pasa.

—Tampoco es necesario que te vayas al otro extremo. Créeme que siempre que te mando a la cocina lo hago de buena fe. Una pequeña broma.

—Ya lo sé. Pero hablemos de cosas más elevadas, o un poquito más profundas. Estos días, por enésima vez, he vuelto a leer La consolación a Marcia, de Séneca. Creo que es la obra suya que más y más veces he leído. Y de tanto darle vueltas, la famosa Consolatio ha dejado de ser tal cosa.

—Señal de que nos vamos haciendo mayores. Aunque hay libros que, pese a todo, siempre conservan el encanto que tuvieron la primera vez que cayeron en nuestras manos. Al fin y al cabo nos han ayudado a crecer.

—Por supuesto. No estoy haciendo una crítica a Séneca…

—En algunos manuales no sale muy bien parado.

Lo importante, creo, no es lo que se tiene, sino el uso que se hace de ello.

—Sí. Algo he leído al respecto. No recuerdo en qué libro, el autor lo acusaba de hipocresía, pues mientras predicaba la austeridad, resulta que en su casa tenía ni más ni menos que quinientas mesas.

—Debería de tener una señora casa. O las mesas eran de juguete.

—Creo. Y digo creo porque no me ha interesado estudiar el tema, que su padre transportaba o vendía mesas. Y tenía algunas en algún almacén. Creo. Pero tampoco tiene más importancia.

—Hombre, quinientas mesas no es poca cosa.

—Supongamos que fuera verdad. La domus aurea de Nerón se le quedaría pequeña. Aun así te diría que para mí no pierde el más mínimo interés la filosofía de Séneca. Lo importante, creo, no es lo que se tiene, sino el uso que se hace de ello. Y Séneca insiste tanto en la muerte, en lo efímero de todo, en que hasta la vida que tenemos es prestada, que no creo que le costara mucho desprenderse del mobiliario.

—De hecho le costó bien poco dejar colgada su vida en una bañera.

—Menos que a algunos la palabra dada.

—No es lo mismo. No compares. A mí siempre me ha llamado la atención, y corrígeme si me equivoco, lo poco que les costaba a los romanos, no sé si sucedía lo mismo con los griegos, suicidarse, y el gran temor que siempre han tenido los cristianos a la muerte. Aquéllos no esperaban nada en el más allá, y según éstos, Dios los va a compensar por haber sido unos angelitos.

—No te lo sé explicar, Julia. No sé hasta qué punto esas descripciones de esos suicidios no son sino unas vidas ejemplares, o algo por el estilo. A veces, te lo confieso, también he pensado yo en el suicidio. Pero nunca he ido más allá de un leve pensamiento. En el fondo, te lo reconozco, me da miedo. Y también, pese a Séneca, me da miedo la muerte. Lo que sucede es que el suicidio lo puedo evitar, y la muerte, no.

—Y tal vez sea mejor así. Creo que conforme nos vamos haciendo mayores, nos vamos desprendiendo de muchas cosas. Entre ellas el interés por la vida…

—Es posible que tengas razón. No obstante, si fuera posible, si alguien, un genio o un dios, me dijera que puedo pedirle tres deseos, le pediría una larguísima juventud de unos cuantos siglos para poder estudiar y saber. Saber.

—Nunca llegarías a saberlo todo. Y seguirías igual o más descontento. Así que lo mejor es conformarse con lo poco que tenemos y morir sabiéndonos unos perfectos ignorantes.

—Y, sin embargo, hay gente que sabe tanto… Son mentes privilegiadas. A mí cada día que pasa las cosas se me van de entre las manos, como a aquellas doncellas el agua del río que transportaban en cestos de mimbre. No obstante, y en contra de las Consolaciones senequistas, pienso, muchas veces, en lo feliz que he sido en mi habitación, con mis libros, mis diccionarios.

—Todavía lo eres, ¿no? Me parece que aún nos quedan unos cuantos años por delante. Y caso contrario, desde luego podemos dar gracias por lo que hemos tenido. Hemos perdido cosas, como se pierde el oído, la vista, las muelas… La vida no es sino el camino que recorrió Pulgarcito. Pero no se van dejando piedras sino restos de uno mismo.

—Está muy bien eso que has dicho. Te ha quedado muy senequista, Julia: tanto Pulgarcito, como todos nosotros, deseamos volver a casa. Y la casa es aquel lugar donde estábamos antes de nacer. Precioso. Quién le iba a decir al viejo Séneca que lo íbamos a relacionar con un cuento infantil.

—Pretendidamente infantil. Si piensas en esos cuentos todos llevan un mensaje. Muy a menudo se parecen a las amargas medicinas que les dan a los niños con forma de piruleta o de juguete o de cosa atractiva.

—Eso explica lo que cuenta Heródoto de las costumbres de los tracios. Éstos, cuando nacía un niño, se sentaban alrededor de él, y lloraban y se lamentaban por todas las desgracias que le esperaban en la vida. En cambio, cuando moría alguien lo celebraban con un banquete, con risas y alegría: el difunto había dejado de sufrir.

—Y de gozar.

—Efectivamente. Y ahí reside la pobre crítica que estaba montándole yo a Séneca. Éste, claro, está consolando a una madre: siempre ve el aspecto positivo de la muerte, y el negativo de la vida: enfermedades, intrigas, asesinatos… nunca habla del gozo de la amistad, del amor, del estudio…

—Como bien dices, es una consolación. No te va a poner en ella que el hijo desaparecido deja a una gran mujer y a unos niños sin criar, que sin su padre las van a pasar moradas.

Siempre hay un roto para un descosido. No te ofendas. Quiero decir que siempre hay una salida, aunque sea estrecha.

—Claro. A cada género le corresponde un tópico. Por decirlo de alguna forma. Y cuando te sales del tópico, la cosa hace aguas. El otro día, y viene muy a cuento, me encontré por la calle con un compañero, profesor de física y química, que se ha jubilado. Este hombre, cuando estaba en activo, siempre me estaba preguntando cosas… Los nombres de los metales están en latín, y a partir de ahí se le creó una cierta afición por esa lengua. Me contó el otro día que se había matriculado no sé dónde, y estaba estudiando latín.

—Me encanta la gente mayor que sigue con los libros.

—Pues lo tenías que haber oído a él. Estaba hasta las partes pudendas de esos jubilados que van a esos cursillos, y no van sino a hacer los necios. A fingir que están vivos, que tienen interés por esto y por aquello. Pero que ni estudian ni hacen nada. Todo fachada. Sueltan una parrafada en latín, ego sum bonus, y ya se creen que son humanistas… Se desespera con ellos, pues mi ex compañero no está para perder el tiempo ni demostrar nada a nadie. Ni a él mismo.

—Nunca cambiaremos. Imagino que tu ex compañero tendrá mucho interés en aprender. Y los otros van allí como podían ir a bailar o a jugar al dominó.

—Algo así me dijo él. Así que le he dado un par de gramáticas, libros de ejercicios, y el hombre se ha quedado tan feliz.

—¿Ves? Siempre hay un roto para un descosido. No te ofendas. Quiero decir que siempre hay una salida, aunque sea estrecha.

—¿Sabes? Me encanta hablar contigo. Siempre salgo de tu casa dando gracias a los dioses por haberte conocido, por ser familia mía.

—Pues recuerda siempre estos momentos. No lo olvides. Esto es lo que tiene que quedar en tu corazón. Ya te irás a esos conventos cuando yo no esté y no te mande a la cocina. Espero que en la cena de Nochebuena echarás el resto. Viene tu primo.

—Cuenta con ello.

—Pues, venga, a la cocina a practicar.

 

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Notas

  1. Séneca, Consolación a Marcia, 17, 1 en Diálogos. Editorial Gredos, Madrid, 1996. Traducción de Juan Mariné Isidro.
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