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Diálogos con Julia (LXV)
Julia y la misantropía

martes 3 de noviembre de 2020
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Sancho Panza
Imagino que, al final, al bueno de Sancho le entrarán ataques de misantropía. Sancho Panza por Ricardo Balaca (1880-1883)
Diálogos con Julia, por Vicente Adelantado SorianoEl escritor español Vicente Adelantado Soriano nos presenta estas conversaciones con la lúcida y culta tía Julia, una mujer de alrededor de noventa años que igual discurre sobre temas universales como los prejuicios o las leyes, que sobre otros más cotidianos como los regalos, el cine o la moda. Una mujer, como declara el autor, de otros tiempos.
Con nosotros ya no puedes convivir por más tiempo; no lo voy a consentir, no lo voy a tolerar, no lo voy a permitir.
Cicerón, Catilinarias.

Por aquellas fechas recordé haber oído o leído, no recuerdo dónde, que las personas, con los años, perdemos la paciencia y la tolerancia. Lo primero lo había observado en mí mismo, pues cada día me costaba más y más soportar el inadecuado comportamiento de los alumnos en las aulas. No era el mío un caso aislado. Sí que lo era, al parecer, los continuos ataques de misantropía que sufría, cada vez más numerosos y frecuentes. Se lo comenté a Julia, cómo no.

—Yo diría —sonrió diciéndolo— que tolerante sí que eres.

—No me creo —le repliqué— eso que he oído siempre: que uno de mayor se llena de vicios y de manías. Observándome me percato de que esos vicios y manías ya estaban en mí, aunque no de forma tan aguda como se manifiestan con el paso de los años. La misantropía se me ha redoblado.

Tal vez no se deba tratar la misantropía como si fuera una enfermedad. Ni que el misántropo sea necesariamente la antítesis del filántropo.

—Algo parecido —me respondió sonriendo— he observado yo en mí misma. Quizás sea cuestión del tiempo. Quiero decir que de joven te crees inmortal: tienes toda la vida por delante y lo soportas todo, y de mayor te percatas de que esto se acaba. Y entonces, creo, uno se vuelve celoso de su tiempo. Quizás entonces el tolerante es aquel que no tiene nada que hacer, que no vive el tiempo con angustia. No lo sé.

—Y quizás vivir así sea un error. Siempre me digo que en todos los órdenes, o en todos los momentos de la vida, se tiene que ser ecuánime, y vivir con tranquilidad, sin dejarse arrastrar por el prójimo. Pero, claro, una cosa es predicar y otra dar trigo. Ahora bien, creo que la misantropía, en ese caso, viene en mi ayuda.

—Pues bienvenida sea. Tal vez no se deba tratar como si fuera una enfermedad. Ni que el misántropo sea necesariamente la antítesis del filántropo. Me parece que ambas cosas se pueden conjugar bien con relativa facilidad.

—¿Tú crees? No sé, tal vez yo esté confundiendo los términos, y cuando te hablo de misantropía estoy hablando de intolerancia hacia ciertas personas, actitudes y comentarios. Mi consuelo reside, no obstante, en que las simpatías y las antipatías son mutuas.

—Tenemos una lengua tan rica en matices que, a veces, resulta complicado distinguir un término de otro. Quizás, y esto sería motivo de estudio, la intolerancia esté en la base de la misantropía.

—Y puede que la necedad del oponente, o de la sociedad en su conjunto, sea el caldo de cultivo de una y de otra. ¿Cómo convivir con un Catilina? ¿Cómo convivir con unos necios que saben de todo, entienden de todo y pontifican sobre todo y no dicen más que bobadas y necedades?

—No haciéndoles caso. Claro, lo malo es cuando un Catilina quiere hacerse con el poder…

—Y cuando te tropiezas con gente que lo apoya, lo jalea y comulga con sus ideas, aunque sea por pereza mental. Hay que volver a los clásicos, Julia. No tienen desperdicio las palabras de Eurípides: “No hay nada peor que no tomar las oportunas precauciones”.1

—No vamos a acabar ni con los Catilinas, ni con los bocazas, ni con las fórmulas mágicas del doctor Dulcamara, ni con los crecepelos, ni con el elixir del amor. En el fondo, y pese a todas sus bestialidades, el género humano es digno de lástima, más digno de la filantropía que de lo contrario.

—No te digo que no. Pero es muy duro soportar a esa parte de la humanidad que quiere soluciones rápidas, que sólo piensa en ella y en sus intereses, y que allá donde va tiene que demostrar, a veces a voz en grito, cuánto sabe de todo, sin saber de nada, y cuán fácil es todo, siguiendo sus reglas y predicamentos. De verdad: cansan al sol de mediodía.

—Creo que ese ha sido el problema de la democracia extrema. Cualquier cosa les sirve a los políticos, inventada por ellos o no, y a ser posible con mucha carga sentimental, para alcanzar el poder y poder gozar de toda clase de inmunidades y prebendas. Y siempre hay gente que los apoya.

—En eso tienes razón: como ya advirtieran los clásicos, la democracia ha terminado por convertirse en una tiranía, la del voto. De tal forma que no se toman ciertas resoluciones porque eso sería antipopular, no porque sea malo o bueno para la sociedad en su conjunto, sino porque hace perder votos, escaños y poder. Y la preparación de muchos de los que votan, por otra parte, es de pena. Ya lo decía Sócrates: no estoy dispuesto a que mi voto tenga el mismo valor que el de un zapatero remendón.

—Sí, pero con esas cosas hay que andarse con cuidado, porque, como sabes, tampoco la tiranía es una solución.

—Lo sé, lo sé. Soy consciente de ello. Y no estoy buscando, nada más lejos de mi intención, una dictadura, ni mucho menos. Ahora bien, sería deseable que fuéramos un poco más humildes, y no nos reafirmáramos o violando a mujeres o soltando estupideces allá donde vamos. Y ahí es donde pierdo yo la paciencia. Y no hago sino añorar la santa soledad. Que sigan los demás discutiendo sobre el perro de Alcibíades.2

Así que te has percatado de que todos van con ideas preconcebidas, movidos por las soflamas de los políticos, o por cuatro artículos interesados.

—Quizás se deba a un defecto tuyo. Tal vez —dijo con la más dulce de sus sonrisas— te has creído que vives en un mundo ecuánime, bueno y tranquilo. Y no es así. El común de los mortales tiene sus cosas buenas, y mucha tontería y un más que estimable grado de estupidez y egoísmo. Y a veces sobresale una cosa, y otras, la contraria. Sí, predomina el rabo del perro de Alcibíades.

—Estos días, con todo el problema que está suponiendo Cataluña, el famoso procés, la condena, injusta a mi parecer, de los políticos independentistas catalanes, ha vuelto a surgir, para explotarla políticamente, el problema de la lengua. Ya estamos de nuevo dirimiendo que si catalán, que si valenciano, que si provenzal, el egoísmo de los catalanes, y no sé cuántas cosas más. Todo siempre en menoscabo de unos y en elogio y alabanza de otros.

—Me imagino que estando en el instituto te será casi imposible sustraerte a tamañas discusiones. Pero lo mejor que puedes hacer es no prestarles atención. Todo esto son soflamas lanzadas por políticos sin ideas, que han hecho de una estupidez su forma de vida y su bandera. Y la tapadera de sus tropelías… No en vano, y sólo en algún aspecto, Don Quijote es la gran novela que nos representa: los molinos de viento, convertidos en descomunales gigantes, no por locos sino por aprovechados. Allí donde éstos lo han señalado, los otros han visto gigantes, endriagos y fieros enemigos. En vano, mientras tanto, Sancho Panza clama por un poco de cordura.

—Imagino que, al final, al bueno de Sancho le entrarán ataques de misantropía…

—Tal vez lo sea aquella idea suya de hacerse pastores, él y don Quijote; retirarse a las montañas, criar cabras y corderos, y escribir poemas a Dulcinea o Teresuca en las cortezas de las encinas. Tocar la zampoña y el caramillo y dejarse de ventas y yangüeses.

—Yo, al igual que el bueno de Sancho, no tengo ganas más que de retirarme, de estar solo. Cada día soporto menos a la gente. Creí, ingenuo de mí, que todo esto de la lengua, de Cataluña, como otras muchas cosas, iba a servir para estudiar filología, el origen de las lenguas, la historia, la política…

—Y lo del coronavirus para estudiar medicina… Demasiada faena. Así que te has percatado de que todos van con ideas preconcebidas, movidos por las soflamas de los políticos, o por cuatro artículos interesados, fáciles de digerir y de asumir y de vomitarlos como una mala comida.

—Sí, así es. Para ilustrarlo les hice ver a los alumnos lo fácil que es lanzarlos a unos contra otros, y lo difícil que resulta convencerlos para que colaboren entre ellos o con los alumnos de otras clases.

—Hace algunos años proyectaron una película que recomendé a algunas viejas compañeras, incluso a ti, para que la proyectarais en clase.

—Sí, sí. Lo recuerdo.

La ola, de Dennis Gansel. Ahí lo tienes todo. Aunque siempre he echado de menos, claro, una película tiene sus limitaciones, que no se tratara en la misma el papel de los medios de comunicación, de los políticos y del desarraigo familiar, aunque éste está entrevisto.

—También está lo que te decía antes: la reflexión serena, silenciosa, trabajada, de un profesor frente a la motivación viva, dinámica pero superficial del otro. Gana el otro. Y ahí tenemos un problema. Muy bien explotado también: a la escuela se va a aprender; todo aprendizaje cuesta sangre, sudor y lágrimas. Pero ahora estamos con la movida de que el profesor tiene que motivar al pupilo, imagino que vestido de bufón y con cascabeles en el gorro. Al alumno no hay que exigirle nada. Ni esfuerzo, ni educación, ni saber estar, nada. No sea que el angelito se nos frustre.

—Una pena que hayamos llegado a esta situación. Y en el fondo, lo sabes tan bien como yo, no es más que una engañifa: se lo creen los cuatro tontos de siempre, en tanto que los otros se espabilan y se esfuerzan. No mucho, desde luego. Pero se esfuerzan.

—No sé qué decirte: ya no veo esfuerzo por ninguna parte. Todo me suena a dejación, a superficialidad, a ir a lo fácil, sea la cuestión catalana, un problema cultural o cualquier otra cosa. El problema es el rabo del perro de Alcibíades. De ahí esta misantropía mía que va en aumento. De un día para otro.

—Quizás deberías calmarte un poquito.

—Sí. Trato de hacerlo. Trato de acordarme de Séneca, y de cambiar yo ya que no puedo cambiar a los otros. Pero también pienso que no tengo ninguna necesidad de soportar a ciertas personas… Las conozco enseguida porque son las típicas personas que hablan pero no escuchan… En mi casa he puesto una inscripción: Nadie entre si no está dispuesto a escuchar.

—Tú mismo lo has dicho antes. Hay que volver a los clásicos. ¿En qué dos grandes obras, clásicas, no hay sino diálogo y más diálogo? En Don Quijote y en Celestina. Hablan sin cesar, se dan razones, cambian unos, mudan de parecer los otros… Por otra parte, el problema está también en que en español se ha producido una enorme confusión entre oír y escuchar. Un periodista decía, hace mucho, que el bombardeo de la ciudad se escuchaba desde la terraza del hotel. Yo me imaginé a todos los huéspedes sentados en la terraza, con una bebida en la mano, escuchando el bombardeo como quien asiste a una audición musical.

Dijo Montaigne que no hay mayor necedad que enfadarse por las necedades de la gente.

—Y sin embargo, mira que lo tienen claro: nadie dice “¡Óyeme!”, sino “¡Escúchame!”. Pero no nos metamos con esto de la lengua que aquí tenemos filólogos y entendidos en la materia. Con lo complicada y rica que es una lengua, y hay gente que lanza soflamas y necedades en sesión continua, sin haber leído ni medio libro.

—La ignorancia es muy atrevida.

—Por eso quiero mantenerme alejado del mundanal ruido. De él y de las estupideces. Creo que en toda mi vida ha asistido a dos o tres polémicas interesantes, que han servido para conocer algo, y no para demostrar quién tiene razón.

—Cosa difícil de conseguir.

—¡Ah, si con las personas se pudiera hacer lo mismo que hizo Cicerón con Catilina! Aislarlas y no permitir que entren en Roma.

—Difícil lo tienes.

—Por lo tanto, si ellas pueden entrar en Roma no queda más solución que salir yo de la ciudad. En fin, me voy a la cocina. Es uno de los lugares que adoro.

—Prometo no molestarte. Aunque quisiera recordarte antes lo que dijo un gran lector de los clásicos, Michel de Montaigne. Dijo éste que no hay mayor necedad que enfadarse por las necedades de la gente.3 Cocina. No digo más.

 

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Notas

  1. En Tragedias. Eurípides, Las fenicias, Madrid, 2018, Cátedra Letras Universales. Traducción de Juan Miguel Labiano. p. 128.
  2. Alcibíades tenía un perro por el que pagó una enorme cantidad de dinero. En un momento determinado le cortó el rabo, y al reprochárselo sus amigos diciéndole que todo el mundo estaba muy enfadado con él, respondió que eso es lo que buscaba, pues en tanto hablaban de su perro lo dejaban tranquilo a él para llevar a cabo su política. Véase Plutarco, Vidas paralelas, Alcibíades, 8, 9.
  3. Michel de Montaigne, Ensayos III, Del arte de conversar. Cátedra Letras Universales. Madrid, 1987. Traducción de Dolores Picazo y Almudena Montojo, p. 176.