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Diálogos con Julia (VI)
Julia y la mediocridad

martes 27 de agosto de 2019
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Cicerón
Cicerón se saltó la ley a la torera. No tuvo en cuenta los derechos de los ciudadanos romanos.
Diálogos con Julia, por Vicente Adelantado SorianoEl escritor español Vicente Adelantado Soriano nos presenta estas conversaciones con la lúcida y culta tía Julia, una mujer de alrededor de noventa años que igual discurre sobre temas universales como los prejuicios o las leyes, que sobre otros más cotidianos como los regalos, el cine o la moda. Una mujer, como declara el autor, de otros tiempos.
Pero cuando la ciudad se corrompió con el lujo y el abandono, la república, con su grandeza, pudo resistir los vicios de sus generales y magistrados; y como si se hubiera agotado en anteriores partos, no hubo en Roma, durante mucho tiempo, ningún hombre de gran valor.
Salustio, La conjuración de Catilina.

A menudo me he preguntado si los resultados que marcan las urnas son los resultados verdaderos de lo que piensa la inmensa mayoría de las personas del país. No tengo más motivos para la duda que mi propia perplejidad, pues sabido es que en las mesas electorales hay representantes de todos los partidos en liza. Es difícil, en consecuencia, que se produzca un engaño o una manipulación de las papeletas. Aun así, no obstante, me quedan la duda y el asombro. Se lo comenté a Julia.

Los mediocres son la inmensa mayoría. Y siguen aumentando.

—El engaño al que tú pareces aludir, si se puede llamar engaño —me dijo Julia cuando le planteé mis dudas—, se produce antes de ir a depositar el voto. Y no olvides que solamente se engaña a quien está dispuesto a que lo engañen. Es decir, que entre bobos anda el juego. O entre mediocres. Este último término los define mejor.

—Existen también los ingenuos, no me lo negarás. Y la gente de buena fe que se cree cuanto le dicen.

—Tal vez. Pero esos son una minoría. No creo que sean decisivos en ninguna votación. Los mediocres son la inmensa mayoría. Y siguen aumentando.

—Entonces está claro que los resultados electorales son el reflejo de lo que piensa la población.

—Yo creo que sí. Ahora bien, tampoco conviene dejarse engañar. Sí, ya sé que últimamente estás preocupado, como otras muchas personas, por el ascenso de la ultraderecha. Y sí, tal vez sea preocupante. Pero, créeme, es el efecto de la mediocridad, del no preocuparse por nada, y de que otros me saquen las castañas del fuego. Y quienes dicen que las van a sacar son tan mediocres como quienes les han votado. No he oído ni una propuesta constructiva, ni he visto ningún proyecto de mediana valía. Soflamas, banderas y tonterías. Estamos chapoteando, como los condenados de Dante, en una balsa llena de mediocridad, entre otras cosas.

—Sigo estando preocupado. No lo puedo evitar. Creo que hay cosas que habría que atajarlas antes de que lleguen a más. Habría que advertir a la gente de lo que se nos viene encima por la bestialidad de unos, la cerrazón mental de otros y la intransigencia de ambos.

—Advertir de lo que va a venir o no exigiría una clarividencia que no se consigue, y no del todo, más que con el estudio y con la reflexión. Creo. No sabemos lo que va a suceder. Y, además, no todo el mundo está dispuesto a estar pensando continuamente en un futuro probable. De hecho, la inmensa mayoría de las personas no piensan en nada. Te insisto: estamos en el reino de la mediocridad. Un futbolista, por ejemplo, defrauda a Hacienda, y la gente, cuando llega a los tribunales para ser juzgado, le hace el pasillo y le aplaude y lo vitorea. Mediocridad y necedad a partes iguales.

—Deberíamos estudiar la historia con más detenimiento. Y explicarla. Creo que ahí está una de las claves.

—No creo que sirviera de mucho. La historia siempre habla a toro pasado. Señala esto o aquello como el origen de cualquier cambio, y, tal vez no le falte razón. Pero tú sabes que la vida es cambiante, múltiple… y hay tantas cosas a tener en cuenta. Y tan poco interés por saberlas.

—No te lo discuto, pero unas son determinantes, y otras indiferentes o con nula influencia sobre los hechos. Está claro, también, que el historiador es hijo de su tiempo; y, según éste, cuando escriba la historia, pondrá el acento en este aspecto o en aquella cuestión. Ahora interesa resaltar el ascenso de la intolerancia…

—Sin olvidar, además, que el historiador se puede encontrar con unos documentos falseados. O escritos desde una perspectiva interesada que acaba por imponerse a las otras, si es que dichos documentos existen. Tienes el ejemplo, en el caso de España, del famoso y abortado golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Todavía no está claro lo que sucedió. O mejor dicho, habría que reescribir cuanto se ha escrito, pues a mí, la verdad, nunca me han satisfecho las explicaciones dadas. Y más viendo cuanto ha sucedido a posteriori…

—¿Lo dices por el pobre papel del rey?

Toda traducción, como todo en esta vida, nace con la fecha de caducidad impresa en la frente.

—Entre otros. ¿Hay explicaciones válidas para algún golpe de Estado? Seguro que sí. Ahora bien, y te doy más datos para tu perplejidad: había mucha gente que apoyaba cuanto estaban haciendo los militares aquel 23 de febrero. Y todo olía a muerte y a naftalina. A mediocridad gruesa.

—Sí, lo sé. Y es algo que no he entendido nunca: que haya personas que estén a favor de la recesión, de negar cualquier tipo de avance.

—No hace falta que te diga que eso sucede cuando hay intereses en juego. Y siempre los hay. A mí, por volver al tema que me ocupa, siempre me ha llamado la atención que una persona tan inteligente como Cicerón fuera, al mismo tiempo, tan acérrimo defensor de la mos maiorum, de unas costumbres y una forma de gobernar, el otium cum dignitate, que, evidentemente, se habían quedado estrechas y obsoletas.

—La vieja canción: también se nos ha quedado pequeña la Constitución de 1978, y todavía hay gente que la sigue adorando como si fueran los diez mandamientos, que, como sabes, son inamovibles.

—Eso es lo que intentan hacernos creer. En el caso de los diez mandamientos, están las traducciones. De eso sabes tú más que yo. Y las traducciones son muy fáciles de manipular. Lo sabes. Además, por regla general la gente no consulta el original, si es que existe.

—Hay que confiar en la honestidad de los traductores.

—Sí, desde luego. Pero también éstos son hijos de su tiempo. Creo que toda traducción, como todo en esta vida, nace con la fecha de caducidad impresa en la frente.

—Todo verdor perecerá.

—Evidentemente. Pero sin olvidar que volverán a nacer otros brotes verdes, y volveremos a comenzar. Y siempre habrá que luchar para que no nos ahogue la mediocridad. Y en estos momentos campa a sus anchas. Mira quién está gobernando en algunos de los países más importantes.

—Y en muchas ocasiones, en demasiadas, volvemos a repetir la historia: época de bonanza, crisis, guerra; época de bonanza, crisis, guerra. Y así ad infinitum. Me parece, visto lo que empieza, que los organismos creados tras la II Guerra Mundial, para terminar con ese fatídico trío, no están siendo muy eficaces. Creo que con el paso del tiempo, las democracias, como las bayetas de limpiar el polvo, han ido perdiendo eficacia, pudriéndose. Y han pasado a convertirse en una tiranía. O en sueño de Procusto.

—El otro día, ya sabes de mis aficiones, vi una película, americana, en la que se hablaba de la relación políticos-industria armamentística. Ya sé que las denuncias cada día que pasa son más inocuas, necias y absurdas, y que no sirven para nada, pero me llamó la atención la reflexión final de la protagonista: la democracia no funciona —dice—; está corrompida: no se premia con los puestos de responsabilidad a los políticos más honestos, o a los mejores y más capaces, sino a los corruptos, a quienes se pliegan a los caprichos del dinero. Esta reflexión se puede aplicar a todas las acciones de la vida. Y a lo largo de toda la historia.

—Nada nuevo bajo el sol. Los optimates, los aristócratas, los buenos, eran quienes tenían la tierra, el capital; podían comprar esclavos y dedicarse a pensar en cómo conducir la República sin perder sus derechos. Tu amigo Cicerón fue un campeón en estos menesteres.

—Pobre hombre. Lo debió pasar muy mal: enemigo declarado de los Graco, de sus intentos de un reparto más equitativo de las tierras, y de todos aquellos que lo propusieron. Y, al final, se vio obligado a apoyar a César cuando éste, favoreciendo a Pompeyo, aliado suyo en el triunvirato, repartió las fértiles tierras de la Campania entre los veteranos de aquél. Cicerón se tragó aquello como quien traga sapos y culebras.

—Intentar detener la historia…

—No, no creo que intentara eso. Más bien intentó llevarla por otros derroteros.

—Por aquellos en los que su clase no perdía ni un privilegio.

—Tampoco sirvió para nada el reparto de tierras entre los veteranos de Pompeyo.

—Quizás porque se hizo demasiado tarde y mal, cuando las personas estaban buscando las soluciones en otros lugares.

—No lo sé. Tal vez tengas razón. Pero nunca olvides que nosotros vemos las épocas pasadas con una perspectiva que ellos no tuvieron. Creo que Cicerón tenía en mente una República ideal, y todo cuanto sucedía trataba de encajarlo en esa idea. Se dio cuenta, no era tonto, de que hacía aguas por todas partes. Pero luchó con todas sus fuerzas…

¿Y qué gobierno, si le interesa, no se salta la ley a la torera? ¿O hace aprobar leyes que legalicen sus tropelías?

—Sí, por volver a la mos maiorum, al Estado ideal que nunca existió sino en su mente. No hubo época de oro ni de plata, ni dorada. Eso es un mito, como otros muchos.

—Son las limitaciones del género humano. ¿Qué harías tú ahora para evitar el ascenso de la extrema derecha que se está produciendo el todo el mundo? No me digas que lo lograrías haciendo que la gente fuera más tolerante a través de la educación y el estudio de la historia. Sabes que es falso. Los nazis no fueron un grupo de locos. Estaban apoyados por toda una sociedad. Lo mismo que otros fascismos. Caso contrario hubiera sido muy fácil derrotarlos. Te aconsejo que veas la película La cinta blanca, de Haneke. Hay un principio de violencia en todos nosotros que estalla a la más mínima ocasión, en cuanto aparece un Catilina, creado por ellos mismos, y alguien cree que va a salvar a la patria aduciendo la razón de Estado, la vida de la República o cualquier otra estupidez. Y se equivoca quien así lo cree. Pero la mediocridad, la pereza mental, nos impide reflexionar y actuar bien… Por si me sigues con Cicerón: los senadores que mataron a Tiberio Graco no sufrieron ningún tipo de represalias. Cicerón no se opuso a la ejecución de los catilinarios. Años después fue perseguido, por su omisión. Quizás porque era un homo novus, y mandó ejecutar a unos aristócratas…

—Cicerón se saltó la ley a la torera. No tuvo en cuenta los derechos de los ciudadanos romanos: los condenó sin juicio apelando a la razón de Estado.

—¿Y qué gobierno, si le interesa, no se salta la ley a la torera? ¿O hace aprobar leyes que legalicen sus tropelías? Por no mentar a los jueces y a los tribunales.

—Sí, mejor ni tocallos ni meneallos.

—En todos los lugares hacen falta personas íntegras. Y las hay. Las hay a montones: son infinitos los hombres y mujeres que no han envenenado a sus suegras. No lo olvides. Pero, claro, los mediocres nos superan en número.

—Julia, por favor…

—Anda —me dijo sonriendo—, vamos a hacer la comida, que se nos pasa la vida hablando. Sí, hubo represalias contra Cicerón, pero no contra los senadores que mataron a los Gracos. Intereses y más intereses.

Lex dura lex. Al menos hablando de estas cosas no murmuramos de nadie.

—Faltaría más. Como si no hubiera cosas importantes en esta vida. Eso de murmurar lo dejamos para los mediocres.

 

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