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Diálogos con Julia (XV)
Julia y las modas

martes 29 de octubre de 2019
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Julia y las modas, por Vicente Adelantado Soriano

Diálogos con Julia, por Vicente Adelantado SorianoEl escritor español Vicente Adelantado Soriano nos presenta estas conversaciones con la lúcida y culta tía Julia, una mujer de alrededor de noventa años que igual discurre sobre temas universales como los prejuicios o las leyes, que sobre otros más cotidianos como los regalos, el cine o la moda. Una mujer, como declara el autor, de otros tiempos.
Pato, ganso y ansarón, que tres cosas suenan y una son.
Agustín de Rojas, El viaje entretenido.

Julia es una mujer muy educada. Exquisita, diría. Así que cuando, la semana anterior, entramos en la sala del cine, no abrió la boca ni dijo absolutamente nada por respeto al público ausente: éramos cuatro los espectadores. No le importó la cantidad. De regreso a casa tampoco habló mucho: salía poco, y cuando lo hacía no se hartaba de mirar y contemplar las calles, los edificios e incluso a la gente. A veces se le notaba la perplejidad.

—La verdad —me dijo estando ya en casa, tras haber hablado un poco sobre la película— es que estaba un poco nerviosa: me molestan los comentarios en tanto estoy viendo un cuadro o una película. Y mis últimas experiencias en el cine no fueron muy gratificantes. Ahora parece que la gente no puede pasar sin conectar el móvil aun en medio de una película. Espero que no suceda lo mismo durante una sinfonía o una ópera.

Parece que las personas necesitemos creernos importantes, que nos llamen a toda hora, que somos imprescindibles…

—Pues parece que ha sucedido eso en varias ocasiones. Sí, en medio de una sinfonía ha sonado algún móvil. Con el consiguiente enfado del director de la orquesta, por supuesto.

—¿Y qué necesidad hay de eso? Parece que las personas necesitemos creernos importantes, que nos llamen a toda hora, que somos imprescindibles…

—En algunos casos es así. El día de la lectura de mi tesis, vino a la misma una amiga médico. Asistía a partos. Y en el momento que yo comenzaba la defensa de mi tesis, fui interrumpido por el estridente sonido de su móvil: una paciente había roto aguas, y la estaban esperando para que la chica pariera con todas las garantías del mundo.

—Me imagino que se iría corriendo.

—Sí, por supuesto. Mira, y se me ocurre ahora que debería haber conocido a la criatura que nació en el momento en que yo alumbraba mi tesis.

—De todas formas, bromas aparte, el público, éramos cuatro, más el acoplado que ha entrado iniciada ya la película, se ha portado con toda corrección. Tampoco ha sido muy molesto que este último comprobara que no le ha llamado ninguna persona. Solamente ha consultado el móvil una vez.

—Y por lo demás, ¿qué tal te ha resultado la experiencia de ir a los cines equipados con la última tecnología?

—Me ha gustado mucho. Me ha gustado la película, la fotografía, la pantalla tan grande. Y lo bien que se oía todo. Sabes que con la edad se pierde oído, vista y algunas cosas más, pero no el tacto. La película la he oído como si tuviera catorce años. Una maravilla. Me encanta esta nueva tecnología.

—La cual —le dije sonriendo, provocándola— no tiene nada de natural.

—Es cierto. Tienes razón. Tal vez lo natural sería el teatro. Pero, chico, gustándome tanto como me gusta, no voy. Y no voy por mi sordera: si no me sientan en la primera fila, no me entero de nada. Aunque me parece que en parte esto también se debe a los actores. La mayoría de ellos no saben declamar, ni vocalizar siquiera.

—No creo que el teatro sea muy natural. Te recuerdo que en Grecia las tragedias eran cantadas. Y los actores llevaban máscaras y coturnos.

—Razón de más: en busca de no sé qué pretendido realismo, en vez de declamar, los actores hablan ahora como si se estuvieran dirigiendo al tendero del barrio. No les entiendo nada. Prefiero las películas subtituladas. O los actores de teatro haciendo cine. Estos sí que vocalizan. Los entiendo.

—En su etapa de aprendizaje, deberían pasar los actores por los teatros griegos y romanos. Y hacerse oír y entender desde la escena y sin micrófonos. Esa sí que sería una buena enseñanza.

—En aquella época debió de ser un tormento ir al teatro, o asistir a una arenga en el senado o en el areópago. ¿No había sordos ni cortos de vista o miopes? ¿Qué le llegaba al penúltimo de la fila de una arenga de Cicerón?

—Creo que le llegaría muy poco, si es que le llegaba algo. Y, seguramente, reinterpretado por alguien. Ya sabes, el clásico “¿Qué ha dicho?”.

¡Ay, Dios! Hemos vuelto a mi juventud. ¡Se puede cenar en el cine!

—No se guardaría mucho silencio durante las representaciones teatrales.

—En Roma había un legionario, armado con una vara, que golpeaba a quien hablaba. O eso dicen.

—Eso aumentaría el barullo. Sin duda.

—Añádele que los espectadores, que entraban al teatro con sandías y todo tipo de comida, les tiraban las pepitas y las cortezas a los políticos, situados en las primeras filas, o al que querían fastidiar.

—Esa es otra de las cosas que me han llamado la atención en el cine. En un anuncio, que pasaron antes de iniciarse la película, hablaron de unas salas, deben de ser una maravilla, donde frente a la butaca, reclinable, tienes una mesita. Y antes de comenzar la película, aparece por allí una simpática persona a la que el espectador pide la cena: una tabla de ibéricos, una copa de vino. ¡Ay, Dios! Hemos vuelto a mi juventud. ¡Se puede cenar en el cine!

—Sí, parece que el invento es el último grito.

—¡Qué último grito ni qué ocho cuartos! Cuando yo era una niña, toda la familia se iba al cine de la mano. Pasaban tres películas. Y se cenaba en la oscuridad de la sala. Y no se llevaban tablas de ibérico, desde luego… Recuerdo que, en más de una ocasión y de dos, mi madre me ponía bocadillos enormes con tomate, pimiento, longanizas y morcillas. A veces, al hincarle el diente al pan, el tomate le llegaba hasta el mismo apache que estaba dilucidando si fumar la pipa de la paz o no con el rostro pálido de turno.

—El cine de tu época debió de ser algo más social, como el teatro en Grecia. Una forma de sentirse unidos, de estar con los vecinos…

—Sí. Te recomiendo que veas la película Cinema Paradiso, de Giuseppe Tornatore. O las cenas que filmó Fellini en Roma. No sé cómo sería el teatro en Roma ni en Grecia, pero, desde luego, en mi época el cine estaba muy lejos de tener esa adoración de hoy en día, ese silencio y compostura. Y, pese a todo, te diría que hasta nos enterábamos de lo que pasaba en la pantalla. O de lo más importante.

—Bueno —le dije intentando provocarla de nuevo—, eso es bastante discutible. Como lo es el pensar que un romano medio entendería un discurso de Cicerón, si es que llegaba a oírlo.

—Bien. En ese caso concédeme que quien va al cine, y reclina la butaca tras haberse metido entre pecho y espalda una tabla de ibéricos, poco podrá entender de Ladrón de bicicletas, por ejemplo.

—Julia, por favor. A nuevas salas, nuevas películas. Ver esas cintas es como oír a Mozart: tienes que ir a tiendas especializadas.

—Es decir, todo digerible. Aunque tampoco creo que la tabla de ibéricos sacie el hambre de nadie, sabiendo lo que te han cobrado por una ridícula botellita de agua en el dichoso cine.

Teniendo en cuenta que España es el país de la picaresca, dentro de poco en esos cines tan sofisticados aparecerá alguien que se llevará la cena de casa en una fiambrera.

—Es decir, que Grecia y Roma se han transformado.

—Desde luego. No obstante, me hubiera encantado saber —me dijo sonriendo— qué hubiera sido capaz de hacer Cicerón como director de cine. ¿Algo así como El acorazado Potemkin de las Romas?

—¡Qué cosas se te ocurren! —exclamé riendo—. Pero está bien eso de que humanices a Cicerón. Me gusta.

—¿Sabes? En el fondo, Agustín de Rojas no tiene razón: no es lo mismo un pato, un ganso y un ansarón. Hay diferencias. No me preguntes cuáles, pero las hay. Por eso mismo, pienso que, teniendo en cuenta que España es el país de la picaresca, dentro de poco en esos cines tan sofisticados aparecerá alguien que se llevará la cena de casa en una fiambrera, y tal vez volvamos a ver películas de vaqueros y romanos oliendo la tortilla de patatas del vecino y comiéndonos nosotros nuestro entrepán,1 de tomate con longanizas y morcillas, así se llamaba entonces el bocadillo.

—El mito del eterno retorno.

—Y de la eterna jovialidad en este caso. Mira, hoy para cenar vamos a hacer un sofrito de tomate y pimiento en homenaje a las madres que nos preparaban aquellas suculentas cenas cinematográficas.

—Me parece muy bien. Y aprovecharemos para hablar de Cicerón.

—Vamos a ello.

 

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Notas

  1. La palabra “entrepán” utilizada por Julia no existe en castellano. O, por lo menos, no la recoge el Diccionario de la Real Academia. Sí que hay en Galicia restaurantes con este nombre, sin acentuar. Y sí que existe en español el plural, entrepanes, tierras sembradas entre otras que no lo están. También existe en catalán, con el sentido que le da Julia: entrepà.