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Diálogos en tiempos del virus (4)
El semáforo (la muerte de un vecino)

jueves 27 de mayo de 2021
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El semáforo (la muerte de un vecino), por Vicente Adelantado Soriano
No sé quién habrá pensado en poner esos semáforos aquí y de esa forma. Pero evidentemente es un error.
Diálogos en tiempos del virus, por Vicente Adelantado SorianoCon el virus, el coronavirus, su imparable expansión, y los deseos de atajarlo, se creó, y todavía persiste, un estado de histeria impropio de una sociedad que se dice avanzada. La expansión del virus ha puesto de manifiesto la fachada del hombre. En esta serie dialogal, el español Vicente Adelantado Soriano consigna, a través de las conversaciones entre unos vecinos, un vivo retrato de la época de incertidumbre en la que entró la humanidad como consecuencia de la pandemia de Covid-19.

 

Después de sesenta años de criar sobresaltos, el espíritu se despierta para hallarse con la mirada vacía ante el abismo de la muerte.
Christopher Morley, La librería encantada.

Hace mucho tiempo que añoro vivir en una casa como en la que pasé mi infancia. No, no vivo en la calle, ni formo parte de esa gente bautizada como “los sin techo”. Vivo, muy bien, en un confortable y amplio piso de una finca tan poblada como un alto hormiguero de termitas australianas. Y ese, precisamente, es el problema: es natural que un habitáculo ocupado por tantas personas, con un trasiego permanente, con dos ascensores, un enorme garaje, amplias escaleras, luces, bombillas, teclas, mandos, etc., tenga problemas a dos por tres. Sin contar con los desperfectos que el tiempo va acumulando sobre balcones, terrazas y fachada de tan magno edificio. Unas cosas y otras, y sospecho que algo de aburrimiento, llevan a que se convoquen reuniones de vecinos a dos por tres, pues siempre hay cosas de las que tratar y sobre las que tomar alguna decisión. Muy a menudo he pensado que, si viviera en una casa aislada, me ahorraría estas tediosas reuniones más largas que un día sin pan. Y pesadas, más que el plomo.

Recordaré toda mi vida la primera reunión de vecinos que tuve que sufrir. Era entonces tan joven como tímido. No me atreví a tomar la palabra en toda la noche, ni a salir huyendo. Durante largas horas tuve que soportar al vecino que se había aprendido una maldita frase un jueves, y la repetía sin cesar:

—Tenemos que asegurarnos —decía con enorme agrado y petulancia— de si nos interesa asegurar el continente y el contenido. O sólo el continente y no el contenido.

Le podían responder lo que quisieran que él, invariablemente, volvía al continente y al contenido. Y se podía desviar la conversación, o tratar de otros temas, que, en cuanto podía, volvía, una y otra vez, al continente y al contenido y al contenido y al continente. A mis vecinos de aquellos años no pareció molestarles la monótona repetición de las palabras en cuestión. Yo llegué a odiarlo a muerte.

Los peatones, como saben ustedes, no tenemos más que ese paso para cruzar. Pero hay dos semáforos con dos tiempos distintos.

Es curioso que nunca me haya olvidado de aquella infausta reunión. Siempre que bajo al patio de la finca, para asistir a una convocatoria vecinal, se me aparece aquel pobre señor con su continente y su contenido. Y han pasado muchísimos años. Ahora los problemas son otros. El de aquella noche me llamó la atención. Mucho. Y su inesperado desenlace más todavía.

Se iba a tratar, entre otros, el problema del crecimiento de hierbas y hierbajos entre los ladrillos de la terraza. Se habló, se discutió y se llegó a un acuerdo. Se abordaron más incidencias y desperfectos. Y cuando la reunión se dio por finalizada, con gran contento por mi parte, tomó la palabra un vecino con el que apenas si había coincidido durante todos aquellos años de “convivencia”.

—Yo quería proponer —dijo frenando el avance vecinal hacia escaleras y ascensores— que le pidiéramos al ayuntamiento que cambiara el semáforo de la calle que enfrenta a las ventanas situadas en la cara norte de la finca.

Me quedé perplejo: nunca he sabido orientarme. Y no sabía cuál era la cara sur, este u oeste de la finca. No obstante, imaginé que era donde estaba mi ventana del dormitorio de matrimonio. Una ventana poco visitada por mí. Pero que, efectivamente, daba a la amplia avenida siempre muy transitada.

—Tiene el ayuntamiento tan mala sombra —siguió el vecino ante el asombro de los asambleístas— que ha dividido la avenida en dos calles: una para los que se van y otra para los que vienen. Los peatones, como saben ustedes, no tenemos más que ese paso para cruzar. Pero hay dos semáforos con dos tiempos distintos. Eso conduce a confusión a los viandantes. Y para acabarlo de arreglar, el que está debajo de mi ventana es intermitente. Lo cual quiere decir que a dos por tres se producen grandes frenadas, insultos y gritos. Y no tardaremos en ver algún accidente. Yo no lo puedo soportar.

El administrador de la finca, amablemente, le explicó que los vecinos no teníamos ningún poder sobre el mobiliario urbano, y menos sobre los semáforos.

—Creo —explicó volviendo a impedir el acceso a los ascensores— que es de buena vecindad avisar al ayuntamiento de los errores que comete. No sé quién habrá pensado en poner esos semáforos aquí y de esa forma. Pero evidentemente es un error. Ya he visto a varias personas a punto de ser arrolladas por varios vehículos.

Se le volvió a explicar lo mismo. Y antes de que replicara de nuevo se dio la reunión por clausurada. Unos a pie, por las escaleras, y otros con los ascensores, todos los vecinos fueron abandonando el patio de la finca. Él no lo hizo. Me percaté de que salía a la calle en compañía del vecino de la puerta 33, aquel que me pidiera que le trajera libros, dado que no quería salir por eso del virus y de la pandemia. Picado por la curiosidad, los seguí.

No fueron muy lejos. Se colocaron en la acera de la avenida. Frente a ellos había dos semáforos. Uno era válido para los coches que salían de la ciudad. Y otro para los que entraban. Las frecuencias de cambio eran distintas. Pero al estar enfrentados, un peatón podía equivocarse fácilmente: tomar un semáforo como válido para las dos vías. El que regulaba las entradas, el más próximo a nuestras ventanas, además, era intermitente: cruzar o no dependía de la bondad de un conductor: podía frenar y ceder el paso, o, como es más habitual, acelerar, hacer un quiebro y no perder el tiempo con tonterías.

No me había percatado de la situación. Pues ese paso siempre me ha resultado antipático, feo y molesto. Lo he utilizado en contadas ocasiones. Mis vecinos se detuvieron frente al semáforo.

Es el consuelo que nos queda: de todo hay. Pero sencillamente con un par de bestias se puede provocar un buen caos.

—Tenían que funcionar al mismo tiempo —dijo quien se había quejado—. Ya he visto a más de un peatón guiarse por el semáforo del fondo y cruzar cuando aquél está en verde, pero éste todavía está rojo.

—No comprendo por qué han hecho esto así.

—Y además, no tiene ninguna razón de ser que sea intermitente. Eso se puede hacer en un país educado, donde la gente saluda, dice buenos días y cede el paso. Pero aquí, ¡por Dios!

—¡Hombre, no exageres! —dijo el vecino de la 33 sonriendo—. De todo hay.

—Sí —reafirmó el otro—, es el consuelo que nos queda: de todo hay. Pero sencillamente con un par de bestias se puede provocar un buen caos. Por no decir otra cosa.

—No podemos hacer nada. Olvídalo.

—Yo creo —replicó volviendo hacia la finca— que deberíamos hablar con el concejal de urbanismo, o escribir una carta al ayuntamiento y explicar la situación…

—No va a servir de nada. Imagino que cuando lo han puesto así es porque, y por lo que sea, así lo han considerado conveniente. Además, ahora, con esto del virus, tendrás que pedir hora para que te den cita, y no te van a hacer ni caso. ¿Tengo razón o no? —dijo dirigiéndose a mí, que había tratado de pasar desapercibido.

—Creo que sí. Tiene usted más razón que un santo —contesté.

Entramos juntos al patio de la finca. Y juntos, y sin mascarillas, subimos en el mismo ascensor.

—Si no hemos muerto cruzando esa puñetera avenida, no vamos a morir por estar medio minuto en el mismo ascensor.

—Nunca se sabe. Aquí la lógica no sirve de mucho. Pero, bueno…

No me dio tiempo ni a ponerme las zapatillas para meterme en la cocina. Intentándolo sonó el timbre de la puerta. A esas horas calculé que sólo podía llamar alguien buscando sal o aceite. Abrí. Y allí estaba mi inefable vecino de la puerta 33. Lo invité a pasar.

—No he dicho nada antes porque no ha habido ocasión. Pero quería invitarlo a cenar. He dejado la cena preparada antes de bajar a la reunión.

Me quedé un poco perplejo.

—¿No le parece que deberíamos invitar también al otro vecino, al señor del semáforo?

—No. Déjelo. Más hacia delante.

Acepté la invitación de mil amores. Y cené muy bien.

—Hay que entender a este hombre —me dijo cuando nos sentamos en dos cómodos sillones para tomarnos un descafeinado café—. Su mujer y su hija fueron arrolladas por un conductor con prisas. Murieron las dos camino del hospital.

—No lo sabía. Y es que vivimos tan aislados. Lo cual no deja de ser una contradicción.

—Hace muchos años de eso. El hombre, como se puede imaginar, lo ha pasado muy mal. Creo que lo sigue pasando. Tal vez por eso intenta arreglar lo del semáforo, para que nadie pase por donde él pasó.

—Es una actitud que lo honra. Pero que, como le ha explicado usted, no va a servir para nada.

Y así fue, como nos enteramos un tiempo después: escribió varias cartas al ayuntamiento y al concejal de urbanismo. Y si deudos, amigos y parientes, no responden a las misivas ni en Navidad, menos lo va a hacer un organismo oficial, a no ser en época de elecciones, que entonces todos se vuelven amables y simpáticos. De aquí surgió el drama: una mañana, tras el atropello la tarde anterior de un ciclista o de un patinetista, o conductor de patinete, el semáforo apareció derribado. No tardaron mucho en erigirlo de nuevo y ponerlo en funcionamiento. Sin cambiar su frecuencia de encendido. A los dos días volvió a estar el semáforo por los suelos. No había señales, como la vez anterior, de que ningún coche se hubiera estrellado contra él. Ni rastro de parachoques o de cristales o plásticos. Oí comentarios en los que se decía que lo habían derribado a martillazos.

El semáforo sigue igual, aunque parece que ya nadie lo va a derribar.

—Pues no parece obra de gamberros —sentenció una vecina.

No. No lo era. Fue obra de nuestro querido vecino. Lo detuvieron finalmente cuando, por tercera vez, iba a prestar una innegable ayuda a los incautos peatones que tenían la osadía de cruzar por allí.

—No sé por qué —me explicó mi vecino de la puerta 33— algún celoso policía se creyó en la obligación de esposarlo. Imagínese, a un hombre de más de setenta años. Capaz de derribar un semáforo a martillazos, todo hay que decirlo… Creo que al verse tratado como un criminal, él, que trataba de salvar vidas, tuvo un infarto y, como su mujer e hija, murió camino del hospital. El semáforo sigue igual, aunque parece que ya nadie lo va a derribar. Cuando sea el mudo testigo de diez o doce accidentes mortales, igual se plantean cambiarlo.

—Pues nada —le repuse—, paciencia a que se salpique de sangre, y a esperar a que cambien el contenido y el continente.

No entendió lo que quise decir. Yo tampoco.

 

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