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Diálogos en tiempos del virus (11)
Peripateando

jueves 15 de julio de 2021
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Peripateando, por Vicente Adelantado Soriano
Un día apareció un cura joven, más inteligente o más leído. Nos contó la famosa anécdota de san Agustín paseando por la playa e intentando dilucidar el misterio de la Santísima Trinidad. “San Agustín meditando sobre la Trinidad” (1636), de Guercino • Imagen: Museo del Prado
Diálogos en tiempos del virus, por Vicente Adelantado SorianoCon el virus, el coronavirus, su imparable expansión, y los deseos de atajarlo, se creó, y todavía persiste, un estado de histeria impropio de una sociedad que se dice avanzada. La expansión del virus ha puesto de manifiesto la fachada del hombre. En esta serie dialogal, el español Vicente Adelantado Soriano consigna, a través de las conversaciones entre unos vecinos, un vivo retrato de la época de incertidumbre en la que entró la humanidad como consecuencia de la pandemia de Covid-19.

 

Regresar allí de donde has venido, ¿qué inconveniente supone? Mal habrá vivido quienquiera que no sepa morir bien.
Séneca, Sobre la tranquilidad del espíritu.

Fui a llevarle unos libros a mi vecino de la puerta 33. Sobre geología ahora. Me hacía gracia la enorme diversidad de campos que este hombre estaba abarcando. Me recordó un refrán que, a menudo, nos repetía un profesor en las clases de matemáticas: “Quien mucho abarca, poco aprieta”. Indudablemente, aquel maestro era partidario de la especialización. No me pareció que lo fuera mi vecino de la puerta 33. Cuando le entregué los libros, le recité el refrán contándole una de las muchas ocasiones en que lo repitió aquel profesor. Se lo definí como un tanto serio y envarado.

—Pues tenía razón —me dijo cogiéndome los libros y hojeando uno de ellos—. Yo también soy partidario de la especialización. Pero la vida es muy breve. Mucho. Prefiero saber un poco de todo. No trato de ser un sabio ni de ganar el Nobel de nada. Hay muchas cosas interesantes. Y, desde luego, me gustaría especializarme en todas.

—Se parece usted a Casanova —le dije riendo—. ¿Para qué quedarse con una mujer cuando hay tantas?

Vamos a peripatear, como hacía Aristóteles con sus alumnos —me explicó—. Sin que eso suponga que yo asumo el papel de maestro o mentor.

—Bueno —respondió sonriendo—. Pero yo no le hago daño a ninguna mujer, ni hiero los sentimientos de nadie. Quizás me parezca más a una gallina que va picoteando por aquí y por allá que a ese seductor.

—¿Y no teme —insistí en la idea de la seducción— que algo le haga interesarse por una ciencia específica y lo empuje a abandonar al resto? ¿La aparición del amor?

—Eso está hecho de antemano. Como puede ver, libros de historia, de filosofía, de política, ensayos, etc., no le pido. Quizás porque me conformo con el bagaje que llevo. Aunque reconozco que no es suficiente. ¿Recuerda usted la anécdota de san Agustín?

—¿A cuál se refiere?

Antes de contestarme me propuso, ya que hacía una mañana preciosa, salir a caminar. Iríamos por calles solitarias y dejadas de la mano de Dios. Así lo hicimos. Debido a la pandemia, por otra parte, había muy pocas personas por la calle. Eso nos permitió quitarnos la mascarilla para hablar y movernos libremente.

—Vamos a peripatear, como hacía Aristóteles con sus alumnos —me explicó—. Sin que eso suponga que yo asumo el papel de maestro o mentor.

—No me importaría lo más mínimo —le respondí—; siempre me ha gustado más ser alumno que profesor.

—Sí. Exige menos responsabilidades.

—Es lo que temía de hacerme mayor. Lo que temía tras la muerte de mis padres: tomar decisiones, hacer cosas, burocracias y demás, que no me apetecían en absoluto. El final de la tranquilidad. La edad adulta.

—Sí, desde luego. Es increíble la cantidad de tiempo que perdemos renovando carnets, abriendo una cuenta en un banco, haciendo la declaración de renta… Una pesadilla.

—Tiempos modernos. Bien. ¿Y a qué anécdota de san Agustín se refería usted cuando hemos salido de casa? —pregunté ya en la desierta calle.

—Verá, cuando yo estudié el bachillerato, y a lo largo de todos los cursos, tuve clases de religión. Como el resto de mis compañeros, desde luego. Unas veces por ignorancia, y otras por molestar al cura que nos impartía las clases, siempre estábamos haciendo preguntas sobre el origen del hombre.

—Ya me imagino la respuesta.

—Se ha repetido hasta la saciedad: si hay un reloj es porque hay un relojero. Bien, de acuerdo. ¿Y el relojero? Y la respuesta era la de siempre: Dios. ¿Y quién hizo a Dios? Se hizo a sí mismo…

—Y se quedaban todos igual.

—Sí. Hasta que un día apareció un cura joven, más inteligente o más leído. Nos contó la famosa anécdota de san Agustín paseando por la playa e intentando dilucidar el misterio de la Santísima Trinidad. En ese momento se le apareció un ángel, y le dijo que le resultaría imposible contar las arenas del mar, el número de estrellas. Y penetrar algunos misterios del cielo y de la tierra.

—Afortunadamente el hombre no le ha hecho mucho caso a ese mensajero celestial.

—Además, ¿para qué queremos saber el número de granos que contiene la arena del mar? No creo que eso nos sea de ninguna utilidad. Sí que lo es, me parece, conocer distintas ramas del saber. Por muy corta que sea la vida y por mucho tiempo que perdamos con burocracias y demás sandeces.

—La verdad es que lo admiro. Pero yo no me siento capaz de seguirlo.

—No trato de imponer nada. Afortunadamente estoy en un momento de mi vida que puedo hacer lo que me dé la gana. No tengo que preparar trabajos, hacer exámenes o presentarme a ninguna oposición. Estoy disfrutando de todo como nunca antes lo he hecho. Ahora, eso sí, le reconozco que no tengo ni idea de nada. No me pregunte qué es un isótopo o un electrón porque no lo sé. Imagino que si sigo leyendo algún día me enteraré. Y seré capaz de explicárselo.

—Siempre se ha dicho que la mejor forma de aprender, o una buena forma de hacerlo, es enseñando.

—Es cierto. Enseñar te obliga a sistematizar, a tener conceptos claros para exponerlos en clase. Pero encierra una trampa: creer que ahí se ha agotado todo. De ahí la importancia de una continua investigación.

La investigación es lo que va en contra de algunas mentalidades.

—Volvemos a lo mismo de siempre: a la falta de tiempo, a la brevedad de la vida.

—Mire, el otro día me llamó un amigo del que hacía tiempo que no tenía noticias. Lo hizo para recomendarme una película que acaban de estrenar, o de poner en la televisión. Se titula La excavación. Basada en hechos reales. La vi y me gustó.

Apunté el título en mi móvil para verla en cuanto pudiera.

—En un momento de la película —continuó en tanto caminábamos por una larga calle totalmente desierta—, la dueña de los terrenos donde se están haciendo las excavaciones, enferma del corazón, le dice al arqueólogo, autodidacta, que morimos y no queda nada de nosotros. Qué sentido tiene excavar. El arqueólogo no está de acuerdo: ve al hombre como un eslabón de una cadena. Se inicia ésta con la primera pintura rupestre y llega hasta nuestros días. Es importante conocer el pasado, de dónde venimos, cómo estamos formados. Y todos formamos parte de esa infinita cadena.

—Y donde se interrumpe la cadena, aparecen las religiones.

—Sí, desde luego. Dan una explicación. Pero a algunas personas no les ha satisfecho y han comenzado a investigar. O han seguido haciéndolo.

—Y la investigación es lo que va en contra de algunas mentalidades.

—No sé si usted habrá leído o visto la película El nombre de la rosa.

—Sí. La he visto.

—Bueno, pues si recuerda, hay un momento en el que predicando el fraile que está en contra de la risa, de la vida y de todo, fray Jorge de Burgos dice que la filosofía, todo el saber, debe ser recapitulación, no investigación.

—Sí. Lo recuerdo. Y recuerdo que un amigo se preguntó entonces para qué Dios nos había dado la inteligencia. Y el cerebro y las manos.

—Y una vida tan breve. Pero lo cierto es que aunque viviéramos dos mil años —dijo sonriendo— incluso así la vida sería breve. Siempre nos quedarán muchas cosas por saber. Siempre. Le aseguro que este mundo es una verdadera maravilla: el libro que nunca va a terminar de leer. Allá fray Jorge y toda la recua que se niega a abrir el libro. Sea obra de Dios o de la casualidad, vale la pena leerlo. Se lo aseguro.

—Sí. Pero a lo largo de la historia, lo sabe usted, las fuerzas bien pensantes, por miedo a perder el estatus, han prohibido esas lecturas. Hasta por medios violentos.

—También las hay ahora. Ahora son algunas grandes compañías y gente poderosa. Se empeñan en condenar a muchas personas al analfabetismo… Hay que luchar contra eso.

—Está usted muy combativo —le dije sonriendo.

—Hablar por hablar. No voy a mover un dedo por nada. La vida es efímera. Y no voy a perder el tiempo haciendo proselitismo. Mire, hay otro momento de la película en la que una arqueóloga, hablando con un hombre del que se acaba de enamorar, le dice que morirán, y de ellos tal vez no quede más que una pequeña medalla, algunas piezas del reloj… ¿Y qué problema hay, le pregunté yo mentalmente, en volver al sitio dónde ya estábamos? La pena es no haber coincidido nosotros dos… Nada. Lo importante de la vida es aprovechar los momentos, las personas de tu alrededor. Para estar con ellas, para estudiar, leer, saber, aprender.

—Vivir con pasión cada uno de los momentos.

—Sí. Aprovechar los momentos. Porque la vida es cruel. Es absurdo clasificar a un animal de asesino y a la vida de esto o de aquello. Pero, a veces, se siente la mordedura del tiempo. Es cruel. ¿Sabe? —me preguntó tras asegurarse mirando hacia delante y hacia atrás de que nadie nos oía—, me estoy convirtiendo en un viejo sentimental. Una buena película, una fotografía maravillosa, el brillo de una piedra, la comprensión y solución de un problema, hace que todo yo me emocione… Viendo a esta arqueóloga, encantadora por cierto, sufriendo sus frustraciones, alegrándome con ella cuando descubre un anillo de oro, o una moneda, me di cuenta de cuántas y cuántas personas… en fin, supongo que me entiende —finalizó un tanto emocionado.

—Sí, supongo que sí —le respondí aunque no sabía a ciencia cierta a qué se refería.

Me encantaría que nos pudiéramos sentar ahora en un bar y tomarnos un vaso de buen vino con patatas o cualquier cosa. Pero, Dios, todo está cerrado.

—Creo —continuó a los pocos pasos, tras reponerse de su emoción— que esto me puede llevar a una especie de panteísmo. El otro día hasta llegué a pensar que las piedras tienen vida. Pues, por el calor, por la presión, por lo que sea, se pueden transformar en otras cosas. Y todo es maravilloso… Ya sé que es un error: las piedras son cosas muertas.

—Pero se transforman. Nada permanece inmutable. Ya lo dijo Heráclito: nadie ve dos veces la misma película —le dije sonriendo a fin de atajar su melancólica seriedad.

—Es cierto. Y creo que deberíamos volvernos ya para casa. Estoy un tanto fatigado. Demasiados días sin salir. Me encantaría que nos pudiéramos sentar ahora en un bar y tomarnos un vaso de buen vino con patatas o cualquier cosa. Pero, Dios, todo está cerrado. ¿No le da pena ver así a la ciudad? Parece una ciudad fantasma.

—No me molesta mucho, la verdad. Y usted, con lo poco que sale, qué más le da.

—Tiene razón. Y debería salir. ¿Sabe? Me han entrado tentaciones de ir al monte a buscar fósiles y piedras. ¿Conoce a algún biólogo, geólogo o paleontólogo? Podríamos quedar con ellos y dar una vuelta por algún monte. Sería interesante.

—No, no conozco a ningún especialista de esos. Lo siento.

—¿Y no hay por ahí ninguna peña o asociación que se dedique a estas cosas? ¿A ir por el monte mirando piedras y huellas? Deberíamos comprobarlo.

—Seguramente las habrá. Yo lo más que puedo hacer es acompañarlo a las minas de donde los romanos extrajeron el famoso lapis specularis, y acercarnos luego a Segóbriga. Pero habrá que esperar a que cese la pandemia esta del dichoso virus.

—Esperaremos. Y mientras seguiremos estudiando y leyendo. Y vamos a buscar gente que salga a la caza de fósiles. Creo que es una buena idea.

—Que no decaiga la fiesta.

 

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