

La palabra existe para manifestar lo conveniente y lo dañino, así como lo justo y lo injusto. Y eso es lo propio de los humanos frente a los demás animales: poseer, de modo exclusivo, el sentido de lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, y las demás apreciaciones.
Aristóteles, Política.1
Hace de ello algunos años, no muchos. A un amigo, por aquellas fechas, se le ocurrió la idea de montar una tertulia en un bar. Asistiríamos entre diez y doce personas, conocidas y desconocidas. Cada semana uno de los contertulios propondría un tema. Lo desarrollaría quien lo había propuesto. El resto preguntaríamos o haríamos matizaciones sobre él, si lo creíamos conveniente.
—Asistí a varias charlas —dijo mi amigo como justificación de su propuesta— y aprendí mucho en ellas. Se trata, ahora, de que cada uno de nosotros aporte parte de cuanto sabe, y lo compartamos con el resto.
Por mi carácter, y no por otra cosa, no asistí más que a la reunión inaugural. Veía en todo ello algo artificial, forzado. Además, nada tenía que enseñar a ninguno de los asistentes. Ni tampoco, y perdón por si suena a fanfarronería, ellos a mí. La tertulia no llegó más allá de las dos o tres sesiones.
Cosa distinta es lo que me sucede ahora con mi vecino de la puerta 33. El coronavirus, con sus prohibiciones y favores, ha creado unos bonitos lazos entre los dos. Sin proponérnoslo, poco a poco, hemos ido fomentando nuestra propia tertulia. No asisten a ella más personas que él y yo. Y no hay día fijado. Cuando me apetece bajo a hablar con él. O cuando lo desea, me llama para pedirme más libros o invitarme a una copa de buen vino. Nunca me ha encargado a mí que le comprara las botellas: sin duda no quiere que sepa lo que vale cada vaso que me sirve. Compra unos vinos que parecen venidos directamente del cielo, o de los viñedos de Dionisio.
Me fastidia todo esto porque me está destruyendo el concepto de evolución, a no ser que haya también una evolución regresiva.
—¿Sabe? —me dijo aquella memorable tarde con una copa entre las manos—. Últimamente me he transformado en un abuelo refunfuñón.
Sonriendo, y haciéndolo bien evidente, giré la cabeza a derecha e izquierda.
—¿Y contra quién se revuelve usted? Por aquí no veo a nadie.
—Bueno —repuso tras beber un buen trago de vino—, no sólo existen las personas.
—No se irá a poner usted metafísico. Según me han dicho últimamente en la televisión están pasando muchas películas de terror, del más allá y todo eso.
—Sí. Tiene razón. Pero las pretendidas películas de terror no son tal. Mire, me fastidia todo esto porque me está destruyendo el concepto de evolución, a no ser que haya también una evolución regresiva. A veces parece que la sociedad va como los cangrejos. Es posible que volvamos a subir a los árboles, o a vivir en el mar.
—Sí, yo también lo he pensado en más de una ocasión.
—Leí el otro día, ya que habla de cine, el argumento de una película, la busqué y la encontré en uno de los tantos canales que hay por ahí. Horrible. Tal como me temí, un plagio, malo, de El manantial de la doncella. Pero todo lo que en aquella maravillosa película de Bergman es vacío, superstición, necedad, ignorancia, búsqueda de Dios porque no se entiende nada, y la posible respuesta de éste, en la actual, se ha convertido todo en puro sadismo. Lo que cuenta es la venganza, la sangre, la bestialidad de unos y otros. La vuelta a la selva.
—Parece que eso es algo inherente al hombre. Hace años estuve en casa de un familiar. No sé por qué, tras la cena, se empeñó en que viéramos por la televisión un combate de boxeo. Me horroricé. Por lo que estaba sucediendo en el ring, y porque me vi deseando que uno de los contendientes machacara al otro… Se lo comenté a un compañero. Él me contó, a su vez, que asistió a un congreso. Como distracción, entre ponencia y ponencia, en un anfiteatro, les ofrecieron la representación de una lucha de gladiadores. Le sucedió a él lo mismo que a mí, y lo mismo que a san Agustín, creo. Todos clamando por la sangre. Así que en cuanto veo algo de violencia, o que algo va a degenerar en ella, me voy. No soporto que me saquen y exploten mi animalidad. Prefiero reprimirla.
—Bueno, pero en el cine sabe usted que todo es fingido. No me voy a creer nada de cuanto está sucediendo allí.
—Yo tampoco me lo creo. Pero me molesta. No puedo. No lo soporto. Sufro. Y, además, le veo una clara intencionalidad nada elogiable.
—Sí, creo que es una violencia muy intencionada. Pero lo tiene difícil en este mundo de hoy en día no ver nada donde no brille la violencia.
—No crea: es tan sencillo como apagar la televisión. Y dedicarse a otra cosa.
—No por eso deja de existir la bestialidad humana.
—Por supuesto. Pero no tengo por qué recrearme con ella.
—Tiene razón en lo que dice —confesó un tanto avergonzado—. También me vi yo pensando, ante la violenta película, que el padre de la chica, a la que violan, se queda corto en su venganza. Ideé otras torturas más refinadas…
—A eso me refiero. No quiero pensar en esas cosas. Ya sé que es muy difícil, o imposible, el perdón en determinadas situaciones. Pero, por lo menos, que no nos lleven al sadismo…
—Es cierto. Tiene razón. Dejémoslo estar. Con un último apunte: a mí todo esto no me ha influido lo más mínimo. Es una película mala, nada inocente, desde luego. Y ya está. Y no es contra ella contra lo que me he revuelto. Este abuelo cascarrabias —dijo tocándose el pecho— se ha revuelto contra sí mismo, y contra los libros.
—¿Qué ha sucedido? —pregunté intrigado.
—Que he perdido la paciencia que tenía de joven. Antes, cuando me compraba un libro, una vez comenzado no lo abandonaba hasta terminarlo. De no hacerlo así, me quedaba con problemas de conciencia.
Un libro no contesta a las preguntas que el lector pueda hacer. Cosa distinta sucede cuando quien defiende una idea se halla presente.
—No sé por qué.
—No lo sé. También recuerdo que leí, creo que una novela de Julio Cortázar, algo que dijo éste en contra de quienes se saltan los prólogos. Durante una época me los leí todos. Por largos y pesados que fueran. Me olvidé de lo que dice Quevedo sobre los mismos. ¿Le ha pasado a usted algo similar?
—No. Yo he ido leyendo a salto de mata. Un día me interesaba un diálogo de Platón, y lo leía. Al día siguiente, necesitaba una cita de Cicerón, y la buscaba en la obra en la que aparece… Difícil, leyendo así, terminar un libro de cabo a rabo. Y no me quedaba con problemas de conciencia. Ni de ningún tipo.
—Pues eso me está sucediendo actualmente. Cuando un libro comienza a cansarme, y son infinitos, lo cierro, lo abandono. Y respiro tranquilo. Ahora bien, tengo que confesarle que muchos de ellos los abandono porque no entiendo nada de cuanto me dicen. Y me irritan. Mucho.
—Las limitaciones del libro, querido amigo. Sócrates estaba en contra de ellos por eso precisamente: un libro no contesta a las preguntas que el lector pueda hacer. Cosa distinta sucede cuando quien defiende una idea se halla presente.
—Eso he pensado yo más de una vez. El capítulo de cualquier libro plantea algo, por ejemplo, con toda la lógica del mundo. Pero en el siguiente, por incapacidad, o por llevar el autor el agua a su molino, se rompe la lógica y se desvía hacia lugares absurdos…
—Lo mismo hace Platón. Él escribe, no dialoga, como hacía su maestro. Así que aquello que puede ser un impedimento para su razonamiento, lo obvia. A veces, por eso mismo, presenta a Sócrates como una mosca cojonera sin más justificación que molestar al oponente.
—Lo terrible de esto, de no comprender nada de cuanto leo, es que me percato, cada día más y más, de que no sé nada, que no entiendo nada. Me desespero. ¿No le sucede a usted lo mismo? No, claro, todavía es joven…
—Yo me desespero por otros motivos —le dije en tanto me servía otra copa de vino—. Aunque, en el fondo, todo me parece uno y lo mismo.
—¿A qué se refiere?
—Hace años me propuse una tarea que me atraía. Me sigue atrayendo, y sigo trabajando en ella. Pero no va a llegar a ninguna parte. Comencé a traducir la Historia, de Heródoto, y la Guerra del Peloponeso, de Tucídides.
—¡Vaya! —exclamó—. ¿Y no las piensa publicar?
—No. Desde luego que no. Hay traducciones muy buenas. La mía no llega a ninguna de ellas ni a la altura del betún. Además no es esa mi intención. Yo pretendía saber griego, buscar la etimología de las palabras como si ésta me fuera a llevar a la comprensión de todo el mundo.
—Y no ha sido así —dijo sonando su frase entre interrogación y aseveración.
—No, no ha sido así. Me he percatado de que, para lo que pretendo, hace falta no sólo conocer el griego a la perfección sino la lengua, o lenguas, de que deriva éste. Y llega un momento a partir del cual todo son especulaciones y más especulaciones, conjeturas. Entonces, con gran alegría por mi parte, vuelvo a la narración de Heródoto. Y la verdad, leyéndolo disfruto mucho. Me encanta. Es pura narración. Y algo más. Mucho más.
—Me alegra que, al menos, disfrute usted con los libros. Yo estoy loco, y lo necesito, por salir al monte, caminar, cansarme y olvidarme de este sentido de la impotencia que me está creciendo a marchas forzadas.
—Para atajar eso no hace falta salir al monte: lea usted las cosas que entienda…
—¿No pretenderá que vuelva a leer El sastrecillo valiente, y cosas similares? —me preguntó con la mejor de sus sonrisas.
—¿Y por qué no? —le pregunté a mi vez devolviéndole la sonrisa.
—¡Hombre! Porque así no avanzaríamos.
—¿Y para qué quiere avanzar?
—¿Está hablando en serio?
La palabra sirve para distinguir al justo del injusto. El resto son adornos y perifollos. Y sepa que, llegados a un punto, no hay forma de traspasarlo.
—Mire —le dije poniéndome serio, que, al parecer, es lo que deseaba—, la inmensa mayoría de los libros son justificaciones de acciones o de pensamientos. Pocos hay que indaguen o quieran llegar a algún sitio. Y menos los que se arriesgan a reconocer sus propias limitaciones. Hay que leer entre líneas. Y dejarse llevar un poco. Nadie, pues todos somos hijos de nuestro tiempo, va a ofrecer respuestas válidas y acertadas para todos los tiempos. A veces ni para el propio. Tal vez si comprendemos esto, entenderemos algunas cosas más. No sé.
—No estoy de acuerdo con lo que está diciendo.
—Déjeme terminar. Las palabras, y los libros se componen de ellas, sirven para muchas cosas. Una es fundamental: distinguir lo bueno de lo malo, el bien del mal. Y creo que eso todos lo sabemos.
—Ni en eso estoy de acuerdo. Hay tantas fórmulas, tantos partidos políticos…
—Pero ¿usted se cree que éstos buscan la verdad o la justicia?
—No, desde luego que no.
—Pues hablemos en serio. La palabra sirve para distinguir al justo del injusto. El resto son adornos y perifollos. Y sepa que, llegados a un punto, no hay forma de traspasarlo. ¿Las palabras son motivadas por lo que designan o son meros acuerdos, convenciones? No hay nada que entender, créame: según a quien lea le dirán esto o lo otro.
—Y en el fondo, según usted, todo es ignorancia.
—Sí, una exuberante ignorancia. Una grandísima ignorancia. Así que tómelo con calma. Al fin y al cabo, sabemos lo esencial.
—Me hace falta salir a caminar —dijo apurando su copa—. Echo de menos caminar por el monte.
—Todo llegará —dije—. Tal vez hasta la comprensión de algunas cosas.
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Notas
- Aristóteles, Política, Alianza Editorial, Madrid, 2019. Traducción de Carlos García Gual y Aurelio Pérez Jiménez, 1253a, p. 62.